Biografías
Coordinado por Ricardo Bruno
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Piera Aulagnier
por Cristina Rother de Hornstein

[psicoan.] (1923-1990) Nació en Milán, en octubre de 1923. Su nombre: Piera Spairani. Vivió sus primeros años en Egipto y luego retornó a Italia. Estudió medicina en Francia a los comienzos de los años 50. Su primer marido, Aulagnier; de ahí el apellido con el que es conocida. De ese matrimonio tuvo un único hijo que actualmente es psiquiatra. Después de unos años de matrimonio con Aulagnier se separó y se casó con Cornelius Castoriadis, filósofo, escritor, psicoanalista, con quien compartió no sólo años de matrimonio sino también desarrollos teóricos a los que ambos remitieron mutuamente como complemento de sus propias tesis.

Durante los 10 primeros años como psiquiatra se dedicó a trabajar con pacientes psicóticos. Entre 1955 y 1961 se analizó con Lacan. Fue su discípula hasta 1968, año en que se alejó definitivamente de la Escuela Freudiana de Paris. Sus filiaciones fueron Freud y Lacan. "Filiaciones eróticas" y no "fijaciones tanáticas" que le permitieron seguir avanzando en la investigación de los conceptos psicoanalíticos. Como decía Freud: "lo que has heredado de tus padres adquiérelo para poseerlo". Adquirirlo y poseerlo no es reproducirlo, es proseguir la obra, transformarla. En el invierno de 1967 publicó junto con Jean Clavreul la revista L’ Inconscient que después de apenas ocho números interrumpió su publicación en medio de las tormentas que habían estallado en la Escuela Freudiana de París por la cuestión del pase y que terminaron en la escisión de 1968. Desde 1962 dictó junto con Clavreul seminarios en Saint Anne, con la misma intensidad con que analizó, investigó y teorizó. Los seminarios fueron un "lugar de encuentro" privilegiado donde sus pensamientos y su tarea clínica podían ser "hablados", obligándola a hacer comunicable, cuestionable, conceptualizable el camino recorrido por su reflexión y su escucha día tras día. En 1968 se alejó de la EFP, entre otras cosas por no aceptar la concepción jerárquica que regía la formación de los analistas.

En enero de 1969 Piera Aulagnier y otros diez psicoanalistas de la EFP fundaron el Quatrième Groupe. Como el grupo es independiente, sin adhesión ni a la IPA ni a la ortodoxia lacaniana, al nombre le agregan una sigla, OPLF, Organización Psicoanalítica de Lengua Francesa. Subrayan así que es posible y deseable una pluralidad de referencias, y que ningún grupo tiene derecho a reivindicar la exclusividad de una herencia. En sus comienzos Jean Paul Moreigne y Jean Paul Valabrega fueron los que dieron cuenta de las nociones del funcionamiento colectivo de la organización. P. Aulagnier tomó en sus manos la dirección de la revista Topique, cargo que conservará hasta su muerte. (En el otoño boreal del 69 salió el primer número, con artículos consagrados a la fundación del Cuarto Grupo y a la formación de los psicoanalistas). Ese nombre, "Topique", no era casual. También él reenviaba a las diferentes zonas de la metapsicología freudiana y a una representación "plural" del psicoanálisis. Desde esta separación reflexionó cada vez sobre el proceso analítico y sobre la teoría que lo sustenta. En un comienzo escribe sus artículos más polémicos, consecuencia de su divergencia con la modalidad que fue asumiendo la práctica lacaniana. Posteriormente en el resto de sus publicaciones -varios artículos publicados en revistas, congresos, y conferencias en distintas partes del mundo- pone en juego una renovadora propuesta metapsicológica, testimonio de un pensamiento sistemático y esencialmente antidogmático y de un trabajo de elaboración sobre los fundamentos que no pierde la referencia constante a los hechos que lo han suscitado.

Quien se sumerja en su obra y la escale advertirá tres períodos: 1961-1968, 1969-1975 y 1976-1990. y también los hitos de un paisaje visto desde varias perspectivas: - problemática identificatoria - proceso identificatorio - construcción identificatoria - conflicto identificatorio. Propuesta metapsicológica fuerte que indaga en lo más genuino y profundo de la constitución de la subjetividad. Entre 1961 y 1968, sus trabajos sobre deseo de saber, demanda e identificación, perversión y psicosis, muestran aún la neta influencia del pensamiento lacaniano. Desde 1968 hasta 1975 escribe sus artículos más polémicos sobre todo en lo que se refiere a la teoría y a la técnica en la práctica psicoanalítica.

En 1975, su primer libro, La violencia de la interpretación, marca el comienzo de la tercera etapa. Muestra en sentido pleno la imbricación teórico-clínica a la vez que propone las bases para una nueva concepción metapsicológica, a partir, fundamentalmente, del estudio sobre la psicosis. Su obra propone una nueva visión psicoanalítica de la madre con el recién nacido, una nueva metapsicología de la representación, a la vez que abre con su novedosa propuesta sobre el yo el trabajo de auto-historización y su relación con los otros, otra manera de pensar la cuestión del sujeto muy cercana al pensamiento de Freud de sus últimos escritos. Problemáticas fundamentales. Su obra teórico-clínica la ubica entre los pensadores que harán historia en el psicoanálisis contemporáneo. Reformula algunos conceptos fundamentales en resonancia con los desarrollos actuales de la ciencia, de la historia y de la cultura. Intenta una teoría sobre la ontogénesis psíquica sin encerrarse en una propuesta témporo-espacial lineal. La historia de un sujeto no está sobredeterminada desde el inicio ni puede ser totalmente anticipada, lo cual desestimaría el valor del azar. Tras la conciencia reviven las trazas de lo visto, lo oído y lo vivenciado sexualmente en la prehistoria [del yo] que en su articulación con los aconteceres del presente se actualizan en recuerdos, fragmentos de recuerdos, en sueños, en "fantasías", en una "psiconeurosis". Su propuesta sobre la subjetividad evoca nuevas ideas que las ciencias de la complejidad proponen para la inteligibilidad de las formas vivas. "Cualquier objeto real divide al mundo en dos partes: él mismo y el resto del mundo. Ambas porciones universales pueden influirse mutuamente a través de una superficie común real o imaginaria: la frontera. Cambios en uno inducen cambios en el otro. Algunos objetos de este mundo, muy pocos, exhiben una rarísima propiedad: tienden a independizarse de la incertidumbre de su entorno". Hablar del sujeto en psicoanálisis es hablar de la psiquis como "pluralidad de personas psíquicas". El sujeto no puede plantearse sin relación con esta instancia fundada sobre el lenguaje organizado e inseparable de su relación con otro que es el yo. Al mismo tiempo es el sujeto lo que subvierte la pretensión del yo de unicidad respecto a la totalidad de la psique y del pensamiento, lugar que igualmente intenta defender contra viento y marea. Protagonista de una historia, el sujeto es fruto de sucesivas remodelaciones y reconstrucciones fantasmáticas sustentadas en las teorizaciones del yo y en el trabajo de simbolización que éste hace desde el presente, apoyado en un fondo de memoria que se inscribe en el psiquismo a partir del impacto afectivo de los distintos aconteceres de su vida. La reformulación metapsicológica se alimenta, al igual que en Freud, "del rigor de la clínica, siempre renovada". Entrama en sus textos años de escucha del discurso psicótico. Por eso da en pensar en la prehistoria del yo. La metapsicología es pos-escritura de algo que se ha notificado en la cosa clínica. El conocimiento de "la materia" del psicoanálisis, el inconsciente, se logra desde el único espacio capaz de conocer: el yo. Por eso el yo piensa, sufre, se relaciona, conoce, duda. Y ella, que ha dicho que el sujeto está condenado a investir, a lo largo de su obra está condenada a investir la dilucidación teórica del yo. Sus compatriotas, polemizando con la psicología del yo, han tirado al niño y no sólo el agua de la bañera.

Ella retoma la segunda tópica, retoma conceptos centrales de Freud: el yo como un polo del conflicto, la importancia del superyó y del ideal, el valor de la historia, el concepto de elaboración y la dimensión terapéutica del psicoanálisis. En Freud la noción de yo se había ido complejizando. Alcanza su advenimiento pleno entre 1915 y 1924, a partir del descubrimiento del narcisismo, la importancia de las identificaciones en la constitución del psiquismo y las instancias ideales. Entonces el yo deviene objeto de amor debido al precipitado de las identificaciones con los otros significativos y es inconcebible pensarlo por fuera de la relación con esos otros. Enfatizar la segunda tópica freudiana, volver a ella, es acentuar la fuerza constitutiva de lo identificatorio y del conflicto entre las diferentes identificaciones. Tópica más cercana a la experiencia clínica, que es el campo de los afectos y de lo relacional. Es un "giro escandaloso" que hace referencia a un "yo-morfismo" no feliz para quienes privilegian la primera descripción del aparato psíquico "más abstracta y psicologizante". Es sólo desde el yo y gracias al proceso secundario que podemos acceder a todo espacio fuera del yo, único decodificador del ello y única instancia para pensar el placer y/o el sufrimiento que toda experiencia vivencial produce. La complejidad del yo lo vuelve inseparable del proceso identificatorio que hace posible su constitución, su continuidad y su devenir, siempre en relación a los otros que forman su entorno. P. Aulagnier privilegia el lugar del encuentro en la constitución de la subjetividad, en el desencadenamiento de potencialidades y en el despliegue de la tarea clínica. Encuentro entre un cuerpo y un "mundo" exterior que el infans desconoce como tal; encuentro entre una psiquis y un discurso deseante, el de la madre, y finalmente, encuentro entre el yo y el tiempo. Inscripción psíquica implica trama relacional, aun cuando en la relación con el otro significativo, éste no sea diferenciado como otro. Esta trama deviene de enigmáticos mensajes cargados de sentido, del misterio de los gestos, de los silencios sustitutos de una palabra de amor o de un grito de odio. Conocer la ontogénesis del deseo de que un yo sea es sostén simbólico, marca de identidad que hace posible referir siempre a un pasado evitando quedar adherido a puntos de fijación que detendrían la marcha del proceso identificatorio. La problemática identificatoria (ese hilo conductor) y la del trabajo del yo y el pensamiento son sus "cuestiones fundamentales", los disparadores de una metapsicología propia, que no abandona el conocido (¿o desconocido?) triple registro indicado por Freud: tópico, dinámico y económico. Cuestiones que retoma en la tarea clínica y al privilegiar un itinerario teórico. Escuchar, cuestionar. Eso: escuchar. No silenciar los dictados de la clínica, las dudas, lo interrogantes, los éxitos, los fracasos, el pensamiento de autores que privilegiaron o indagaron otros itinerarios es una necesidad a la que obliga la complejidad del campo teórico y clínico que nos ocupa. En la concepción metapsicológica no hay lugar para un ello-yo indiferenciado en los orígenes como pensaba Freud. El yo para poder constituirse debe apropiarse de los enunciados identificatorios que la madre ofrece. La indiferenciación de los comienzos sería entre un yo anticipado por la madre y un yo por venir. El yo se apropia de los enunciados identificatorios que aporta la madre en un comienzo, para luego ser identificante de sí mismo y de los otros. El proceso de identificación exige un trabajo de elaboración, de duelo, de apropiaciones que se operan sobre las representaciones identificatorias que el otro primordial le aportó. Durante el tiempo de la infancia el yo parental es una prótesis necesaria para el niño. A partir de esta íntima dependencia con la madre el niño podrá formular sus primeras palabras, investir sus primeros referentes identificatorios, reconocer la exterioridad de sus soportes de investimiento, tener la intuición de un movimiento temporal que lo pone ante la necesidad de investir un momento posterior al presente. Podrá, en suma, investir el proyecto. Prótesis invalorable que posibilita la organización y la forma de funcionamiento del yo, cuyo devenir dependerá de una serie de factores internos, los productos de su organización (nunca definitiva) y de otra serie de factores externos, no previsibles con los que se encontrará a lo largo de su existencia: experiencias, logros, frustraciones, encuentros felices o desgraciados que el medio externo (el conjunto de los otros, la sociedad, y también su propio cuerpo) le impondrán inevitablemente. En los comienzos el yo es un simple repitiente de los enunciados con los que la madre lo piensa, pero son esos enunciados el apoyo que tiene para reconocerse e investirse a si mismo. Este narcisismo del yo, tomarse como objeto de amor, es un requisito para dejar de depender de los anhelos identificatorios que la madre le formula y pasar a tener los propios. El "cuando seas grande serás..." que anhela la madre para su hijo tendrá que transformarse en "cuando sea grande seré..." Y tendrá que asumir un compromiso con la realidad que si bien lo pone ante el riesgo de sentir lo solitario del desprendimiento parental, le da un grado de libertad y un sentimiento de estima de sí para investir y realizar sus propios proyectos. Un proceso que aproximadamente termina cuando termina la adolescencia. Junto al advenimiento del yo se pone en juego para la psique la categoría de temporalidad y junto a ella la incertidumbre, la duda y la imprevisibilidad, inseparables de la necesidad de alteración, modificación y alteridad que el yo requiere para poder persistir. Piera Aulagnier condena al yo a tres trabajos: pensar, investir, sufrir. Pensar e investir son dos funciones sin las cuales el yo no podría advenir ni preservar su lugar sobre la escena psíquica. Y sufrir es el precio que deberá pagar para lograrlo. Recuperó esa cuarta instancia freudiana, la realidad, tan soslayada en otros desarrollos posfreudianos. El sujeto oscila permanentemente entre el principio de placer y el principio de realidad. Es la realidad de las necesidades del cuerpo, de las necesidades narcisistas, de las condiciones que el infans encontrará en el ambiente físico y psíquico que lo rodea el que revelándose diferente a lo pictográfico y a lo fantasmático del deseo exigirá el reconocimiento de su existencia fuera de la psique y el de sus exigencias. Desconocer la relación realidad psíquica-realidad en la constitución del psiquismo como perpetuo devenir del proceso identificatorio implica desconocer la realidad de los acontecimientos que resignifican a cada paso lo histórico vivencial.

Para P. Aulagnier la realidad histórica es el conjunto de acontecimientos que marcan la primera infancia de todo sujeto, cuyo surgimiento confronta al niño con experiencias afectivas, somáticas, psíquicas, que lo obligan a una reorganización exitosa o fallida de su mundo interno, a una reevaluación estructurante o desestructurante de su economía psíquica, a una reorganización más rica o más pobre de sus referentes identificatorios. Esas experiencias vividas serán o reprimidas, o reconstruidas cuando lo permite el recuerdo, o exhibidas como heridas siempre abiertas. El trabajo analítico podrá darle al sujeto la oportunidad de transformar su significación, de relativizar el impacto que pudieron haber producido o bien de imputarles otra causalidad, pero sin dejar de reconocer que en el momento que se produjeron tuvieron un rol determinante para el funcionamiento psíquico del niño. Su trabajo con los psicóticos la llevó a una conceptualización metapsicológica propia. La psicosis, dice, no es sólo efecto de una carencia o de una represión que no se ha producido, aun cuando ambas situaciones estén presentes, sino también del trabajo de construcción que debe hacer el sujeto psicótico para poder dar cuenta de una teoría de los orígenes que le dé la posibilidad de insertarse en una temporalidad que no lo condene a vivir indefinidamente lo que vivió en el pasado. Para el Yo, la esquizofrenia y la paranoia son dos formas de representar su relación con el mundo cuando se ve enfrentado a ciertas condiciones de arbitrariedad que no le permiten compartir con el discurso social una teoría sobre los orígenes. Según P. Aulagnier, la psicosis nunca es reductible a la proyección de una fantasía sobre una realidad neutra. No es que falte la proyección fantaseada pero para que se desencadene una psicosis se requiere un potenciamiento entre la fantasía y lo que aparece en la escena de la realidad. Por otra parte, así como el yo no es un destino pasivo del deseo de la madre, la psicosis tampoco lo es. De ahí la importancia que en la teoría de Aulagnier tiene el concepto de remodelación de las escenas fantasmáticas propias del proceso primario y el trabajo de interpretación y resignificación del yo. Coherentes con este pensamiento teórico fueron la tarea clínica y la trayectoria profesional de Piera Aulagnier. Es allí donde emerge ese subterráneo trabajo de ligazón que pone en relación lo que oímos en nuestros encuentros clínicos y las adquisiciones sedimentadas gracias a la teorización flotante. La meta del análisis es desencadenar la apertura de un movimiento interpretativo con el fin de que el yo pueda modificar la versión de sus vivencias infantiles. La búsqueda y el develamiento de nuevas causalidades apuntan a operar una transformación del espacio psíquico a partir de la apropiación de la nueva relación de los objetos libidinales que se establece como consecuencia de los desplazamientos que en el registro causal produce la interpretación analítica, cuya meta es permitirle al yo librarse de un "sufrimiento neurótico". La reinterpretación del pasado puede modificar el vivenciar presente, "romper" con las fijaciones, las conductas repetitivas, la huida ante lo imprevisto, la negación; desconstruir una realidad que se volvió rígida sustituyéndola respecto tanto de sí mismo como de los otros según la posibilidad que el encuentro con el análisis y el analista le permitan. Tiempo, memoria e historia, tres términos indisociables en la constitución de la subjetividad como en la relación del analista con la interpretación.

La concepción de la interpretación que propone P. Aulagnier está inscripta en el reconocimiento de la existencia de tendencias y posiciones teóricas diversas que se fundamentan en los diferentes discursos metapsicológicos que cada analista privilegia. La clínica psicoanalítica no puede quedar aislada de la metapsicología que la sustenta. El énfasis en la articulación teórico-clínica que Piera Aulagnier muestra a lo largo de su obra, tanto en los escritos teóricos como en los historiales, se pone en juego en su concepto de "teorización flotante": trabajo preconsciente del analista en el que está presente la teoría del funcionamiento psíquico así como los elementos que éste conoce y guarda en su memoria referidos a la historia de su paciente y a la historia transferencial que ambos construyeron conjuntamente. El analista escucha las palabras del paciente tomando aquellas que tienen una particular resonancia afectiva tanto en su propia fantasmática como en esos otros espacios de memoria que son su capital teórico, para transformar una hipótesis teórica de valor universal en un elemento singular de la historia de ese sujeto. Pero no confunde la fantasía de su analizando con la propia. Por el contrario es en el punto de deslinde de ambas donde se pone en juego la interpretación. Y la primera tarea del psicoanálisis, la primera meta, es la de traer a la luz el conflicto psíquico que está en la base del sufrimiento al servicio de objetivos singulares que refuercen la acción de Eros a expensas de Tánatos, ampliar el derecho y el placer de pensar, de disfrutar, de existir facilitando un trabajo de sublimación que posibilite al sujeto, sin pagarlo demasiado caro renunciar a ciertas satisfacciones pulsionales que se oponen al ideal del yo. Tarea sólo posible si se establece una relación de intercambio entre analista y analizando que implique compartir fines, objetivos, conocimientos, sin dejar de mencionar ese plus de placer que todo trabajo creativo posibilita. Creación como transformación singular y producto del trabajo compartido.

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