Biografías
Coordinado por Ricardo Bruno
ricardoebruno@yahoo.com.ar

Luis Hornstein
una introducción a su obra

David Benhaim
Psychanalyste habilité
900, av. Rockland, app. 309
Outremont, QC H2V3A2
sigmundb@videotron.ca

Traducción del francés: Inés Loustalet

Este texto, con el título de "Luis Hornstein, une introduction à son oeuvre" fue publicado en 2009 por Canadian Journal of Psychoanalysis / Revue canadienne de psychanalyse, en el volumen 17, número 2. David Benhaïm y la revista canadiense han autorizado su publicación en este sitio. Traducción del francés: Inés Loustalet

 

¿Quién es Luis Hornstein? Para los lectores canadienses y de Québec este nombre no sugiere asociaciones, ni reenvía a ningún evento u obra psicoanalítica. Hornstein forma parte de un fuerte movimiento psicoanalítico argentino que se caracteriza por su creatividad y su rechazo a dejarse encerrar en dogmatismos que aprisionan la práctica en sus intrincados impasses. Psicoanalista no convencional, libre pensador, no duda en debatir con las instituciones psicoanalíticas en aquello que tienen de más alienante y de más mortífero. Ni el mismo pensamiento psicoanalítico escapa a su cuestionamiento. Su insurrección contra las ortodoxias, apunta -a veces, de modo provocador- tanto a los "pensadores correctos" como a los "pensadores confortables", tanto a los "Maestros" como a sus "adeptos" que ahogan el pensamiento psicoanalí-tico reduciéndolo a fórmulas que lo banalizan o lo fetichizan encerrándolo en slogans fácilmente digeribles. "Lo que se reprime, es la elaboración conceptual , del lugar del que estos enunciados han sido extraídos. Esta fetichización genera sintagmas conge-lados que se convierten en contrainvestiduras que reprimen el proceso de producción teórica. De este modo, se convierten en bastiones narcisistas de pertenencia de aque-llos que los pronuncian (Hornstein, Luis, 2000, Narcisismo. Autoestima, identidad, alte-ridad, Paidós, p. 246). Así, la madre suficientemente buena de Winnicott; la roca dura de la castración, fórmula a la que han reducido "Análisis terminable e interminable", o bien, el Fort-Da de "Más allá del principio de placer", son algunos ejemplos que no agotan una larga lista que se podría citar. Hornstein es, por otra parte, un gran lector del pensamiento psicoanalítico francés contemporáneo del cual se siente muy cer-cano. Comenta que -Aulagnier, Green, Lacan, Laplanche, Pontalis- le sirven de inspi-ración tanto en sus formulaciones metapsicológicas como en su práctica clínica. Su proyecto consiste en la edificación de un pensamiento psicoanalítico contemporáneo, a partir, de aportes freudianos y post-freudianos abiertos a los nuevos paradigmas del pensamiento científico.

 

Luis Hornstein detenta el prestigioso premio "Konex de Platino" que le ha sido conce-dido por el conjunto de su obra psicoanalítica durante el período 1996-2006. Es im-portante mencionar que este premio ha sido otorgado a otros analistas. En 1986, dos fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina lo recibieron: Angel Garma y Celes Ernesto Cárcomo, quienes introdujeron el psicoanálisis en la Argentina. El pri-mero, a partir de Alemania; el segundo, a partir de Francia. Diez años más tarde, 1996, fue el turno de Carlos Mario Aslan por su trabajo de promoción del psicoanálisis.

En una entrevista con Javier Wapner (se puede leer en www.elsigma.com), Hornstein insiste sobre "la enorme responsabili-dad frente al futuro por haber recibido el premio 'Konex de Platino'. Yo creo que este reconocimiento tiene que ver con el hecho de haberme preservado como psicoanalista freudiano, pero apostando al pluralismo teórico. Creo que el futuro del psicoanálisis dependerá de cómo informe la multiplicidad de dispositivos técnicos actuales. Así como apuesto a un psicoanálisis en diálogo con otras disciplinas que establezcan co-nexiones entre autores. Un psicoanálisis que recupere no solamente lo pensado por Freud, sino lo pensante de Freud". Frente a la pregunta de Wapner que subraya que la fundación Konex ha premiado en Hornstein sobre todo la li-bertad de pensamiento, éste responde con una frase de Castoriadis: "Es necesario encontrar, para el psicoanálisis, una brecha entre el cretinismo burocrático y el feti-chismo dogmático." "Se trata de arrancar al psicoanálisis de un encierro entrópico que conduce a la muerte. Pues, una de las características de los grupos psicoanalíticos es que sólo se lee lo que el mismo grupo produce. Se trata de producir un pensamiento anclado en la clínica que desafí e los consensos establecidos. Lo inquietante de las parroquias psicoanalíticas son sus encierros. Los adeptos no se interesan por las in-vestigaciones de otras escuelas, ni siquiera para rebatirlas. Un 'adepto' se adhiere a una doctrina y establece una relación privilegiada con su grupo separándose de su mundo habitual. Diluye su singularidad en un microcosmos que posee su lenguaje, sus ritos y su jerga."(Ibid.). Quien domine la jerga, escribe citando a Adorno, "no tiene ne-cesidad de decir lo que piensa, ni siquiera de pensarlo adecuadamente; la jerga lo exime, al mismo tiempo, que desvaloriza el pensamiento". (2003 [2005]) Intersubjetivi-dad y clínica, Paidós, p. 50, nota 4).

¿Cuál es la trayectoria psicoanalítica de Hornstein? Participó en 1970, en los primeros grupos de estudios de Lacan en Buenos Aires con Oscar Masotta. Este último le hablaba de Lacan, y él, a su vez, le hablaba de Freud. El mundo psicoanalítico argen-tino estaba entonces bajo la hegemonía kleiniana y aquellos que estudiaban a Freud eran poco numerosos. "En Buenos Aires se suponía que Freud era como el bachille-rato y Klein representaba la Universidad., de modo que Freud solo tenía valor histórico pero no conceptual." (Ibid.). La lectura de Lacan permitió terminar con esta hegemo-nía, sin embargo, esto dio lugar a tormentas pasionales. Algunos habían dejado a La-can y vuelto a Freud aferrados como Ulises al mástil de la clínica. Con palabras de Pontalis, resume su balance: "A una época donde no se podía no ser lacaniano le su-cedió otra en que no se pudo seguir siéndolo". Para Hornstein, Lacan fue el polemista que enfrentó otras corrientes. El lector fecundo de Freud, pero también el autor de otro psicoanálisis alejado del freudiano. Si en 1987 escribió "No sin Lacan", ni por Lacan, ni contra Lacan, sino con Lacan trabajando sus conceptos, sosteniendo con él este de-bate que, sobre todo en las primeras épocas supo mantener con Freud. Hoy agrega: "Con Lacan y sin Lacan no se puede prescindir de Lacan" (Ibid.). Lo que conduce a diferenciar los aportes lacanianos del efecto Lacan. En este sentido, la tarea actual es rescatar a Lacan del "efecto Lacan". Su crítica se dirige hacia los epígonos que imitan al Maestro en sus gestos pero no en su capacidad de invención teórica y que por esto "se limitan a difundir un esoterismo vacuo que queriendo decir mucho, terminan por no decir nada". Le llama particularmente la atención que haya una cantidad de autores que se han desarrollado a partir de Freud. A partir de Lacan, pareciera que el único autor que tiene derecho a ser original es Miller, y, todos los demás, sólo pueden ser loros o excomulgados. (Ibid.)

¿Dónde se sitúa entonces Hornstein? "Tanto en mi experiencia personal como en la historia del psicoanálisis para poder pensar hay que a prender, como el salmón, a na-dar contra la corriente de los consensos institucionales. En general, las instituciones requieren consenso y no dan mucho espacio al pensamiento crítico. El pensamiento crítico no abunda en aquellos que tienen una pertenencia institucional fuerte. En la mayor parte de las instituciones predomina lo instituido que perturba la emergenc ia de lo instituyente." (Ibid.)

Hornstein distingue entre un "psicoanálisis de frontera" y un "psicoanálisis retraído" que actúa como si no tuviera nada importante que aprender, que a lo sumo le basta repasar (Ibid) como si el psiquismo humano fuera siempre el mismo y el psicoanálisis ya tuviera sobre éste, la última palabra. Aquí encontramos a los que Hornstein designa como los "administradores de Freud, de Lacan y de Klein". (Ibid)

Con ellos asistimos a monólogos sobre la formación de los analistas, las pertenencias institucionales, la identidad y las filiaciones analíticas. Cuando estas discusiones ocu-rren, son de orden burocrático y tratan más "sobre lo que debe ser y poco sobre lo que se puede hacer" (Ibid). En contrapartida, el psicoanálisis de frontera según Hornstein, busca en la clínica conquistar nuevos territorios, comparándolo con el sal- món, nadaría a contracorriente. Subraya que el psicoanálisis nació de la confrontación con las disciplinas dominantes en su época y que nosotros podríamos hacer lo mismo (Narcisismo, p. 19). "A un siglo de su descubrimiento, insistiremos, en el desafío de su fundación". (Narcisismo, p. 19). Invita al psicoanálisis a confrontarse con nuevas for-mas de pensamiento. Es una actitud indispensable. De otro modo, lo que le acecha es un adoctrinamiento. Si los fundamentos son problematizados y renovados, si se impreg-nan de la práctica, y ésta, a su vez, los impregna habremos escapado de esta esco-lástica.

¿Cuáles son los ejes alrededor de los que se organiza el pensamiento de Hornstein? Podríamos distinguir dos: epistemológico y teórico-clínico.

 

El eje epistemológico

Está centrado sobre el cambio de paradigma producido en las ciencias ¿Qué son los paradigmas? "Son principios fundamentales que controlan y rigen, a menudo de un modo furtivo, el conocimiento científico al organizarlo de del tal o cual forma. Lo cientí-fico no nos es más mostrado como la pura transparencia de las leyes de la naturaleza. Se trata actualmente de una cientificidad construida, ya que ésta porta en sí un uni-verso de teorías, ideas y paradigmas. Hasta la misma observación es tributaria de los instrumentos de una sociedad y de una época". (Narcisismo, p. 21) Estos paradigmas plantean al psicoanálisis ciertas cuestiones como el determinismo, el azar, la compleji-dad.

La complejidad es el nuevo paradigma que vino a remplazar a aquel que desde el siglo XVII, había caracterizado el pensamiento científico: lo simple. Evocaré, para ilustrar esto último, la segunda regla del método de Descartes: "dividir, cada una de las difi-cultades en tantas partes como se pueda, y que sean requeridas para resolverlas del mejor modo. (Discurso del método, Vrin, p. 18, (1637 [1947]). Dicho de otro modo, de lo más complejo a lo más simple. Para poder, inmediatamente, tercera regla, reconstituir lo complejo, pero si puedo decir desechando la complejidad. Lo simple está siempre presente bajo las apariencias cambiantes. Se trataría de aislarlo. La astronomía tal como la concibieron Copérnico y Galileo es una ilustración de esto. Es lo que se llamó en la Edad Media el "rasoir d´Occam" es uno de los argumentos metodológicos que se retomará en el siglo XVII: la mejor hipótesis es siempre la hipótesis más simple, la que requiera la menor cantidad de elementos para establecer una explicación. Trans-curre en una visión determinista y mecanicista que, como señala Hornstein, disuelve todo lo que es subjetivo. El celebre mito de Laplace ilustra perfectamente este deter-minismo, que supone que dadas las leyes de la naturaleza y las condiciones iniciales del universo, se podría reconstituir toda su evolución, es decir, todo el pasado y todo su futuro. En esta concepción de la ciencia, el modelo de funcionamiento estaría cons-tituido por una máquina artificial. El paradigma de la complejidad, por el contrario, pro-pone una visión donde el acento se pone en el entretejido del conjunto. Se habla de complejidad cuando los elementos diferentes que constituyen el todo son insepara-bles: la parte y el todo, el objeto de conocimiento y su contexto están entrelazados en forma conjunta en una interdependencia que no permitiría aislarlos. "Hoy la ciencia aborda lo complejo, se abre a lo imprevisible. Movimientos y fluctuaciones predominan sobre las estructuras y las permanencias. Se trata de concebir no solamente la com-plejidad de toda la realidad sino la realidad de la complejidad. La clave está en otra dinámica llamada no lineal que permite acceder a la lógica de los fenómenos caóticos. Es en estos términos que el psiquismo se aleja del equilibrio. En estos estados, lo que no cesa de producirse es la turbulencia. La historia es destructora/creadora. Un bucle auto-organizador remplaza la linealidad causa-efecto por la recursividad. Recursivos son los procesos en los que los productos son al mismo tiempo productores de aquello que los produjo". (Intersubjetividad y clínica, p. 20). Inspirándose en las reflexiones de Henri Atlan, Hornstein se inclina sobre las categorías del determinismo, del azar y de la novedad. En su descripción de la complejidad del universo, la ciencia contemporá-nea reúne en conjunto la noción de determinismo y de azar. Estas nociones no se contradicen más como en la ciencia clásica. Lo que permite pensar la categoría de lo nuevo. Por esto, postular un determinismo absoluto en donde lo que es indeterminado se atribuya a nuestra ignorancia implica que todo fenómeno es previsible, sino de hecho al menos de derecho. Si, por otra parte, el azar no es más que una ilusión cuya causa hasta ahora se atribuye a nuestra ignorancia, la emergencia de lo nuevo no sería más que una ilusión. En el trabajo analítico, estamos preparados para en-contrarnos con lo no predictible, con el azar y con el desorden. En efecto, un psi-quismo totalmente sometido al determinismo no tendría donde alojar a lo nuevo, por ser incapaz de transformarse; así como también un psiquismo abandonado al azar que fuera puro desorden no llegaría a constituir organización alguna y no accedería a la historicidad. Sería, simplemente, incapaz de nacer.

"El acontecimiento aleatorio, escribe Hornstein, es aquel que se produce en la inter-sección de dos cadenas de causalidad totalmente independientes y tiene un rol pri-mordial en los sistemas complejos. En la evolución de los sistemas lejanos al equili-brio, hay bifurcaciones sucesivas. Entre cada una de estas bifurcaciones existe una suerte de meseta, en la que prevalecen las leyes deterministas, pero antes y después de estos puntos críticos reina el azar. Solo por retroacción es posible comprender el proceso, durante su transcurso no hay más que incertidumbre (Narcisismo, p. 101). En esta perspectiva "el sujeto es un sistema abierto auto-organizado porque los encuen-tros, los vínculos, los traumas, la realidad, los duelos lo autoorganiza y cada uno a su turno, recrea lo que recibe". (Comunicación presentada en las Jornadas Internaciona-les del grupo de Psicoterapia analítica de Bilbao, noviembre 2008).

 

El eje teórico-clínico

Como psicoanalista de frontera que busca territorios a conquistar, Hornstein se vuelca hacia las patologías narcisistas, borderline y depresivas. Parte de constatar que mu-chos analistas piensan y afirman que el tratamiento de sujetos que sufren de este tipo de patologías debe dar la espalda a Freud y olvidarlo. Otra manera de formularlo es esta frase que se transformó en un lugar común: Freud no se ocupó más que de pro-blemáticas neuróticas. Este género de afirmaciones muestra que los analistas no es-tán al abrigo de clichés, de estereotipos, ni de frases hechas y que sorprende como continúa la ignorancia del corpus freudiano después de un siglo. Hornstein va a cues-tionar esta frase mostrando como la obra de Freud, a partir de 1914, se inscribe en una teorización de patologías del yo y del superyó. Algunas referencias: 1914, esqui-zofrenia y paranoia; l915, la melancolía; 1924, el masoquismo; 1927, el fetichismo.

"(…) Desde Introducción del narcisismo, la obra freudiana marcará un nuevo norte que va a tomar en consideración tanto al yo como al superyó, a partir de cuadros clínicos donde el yo y el superyó eran problemas. Partía del supuesto de que la normalidad muestra la articulación de aquello que en la patología aparece como grieta y entonces, para estudiar al yo tuvo necesidad de pensar en la esquizofrenia y la paranoia; para estudiar la relación superyó-yo, en la melancolía; para estudiar la sexualidad en las perversiones y la hipocondría, en toda l a temática del cuerpo" (Intersubjetividad y clí-nica, 195).

¿Qué es lo que está en el centro de estas patologías? Para abordar esta pregunta en toda su amplitud Hornstein reanuda una idea freudiana que estaba presente en los orígenes mismos del psicoanálisis: las patologías psíquicas están ligadas a la cultura. Para el autor, el debate modernidad-postmodernidad atraviesa la episteme contempo-ránea: muerte del sujeto, muerte del yo, crisis de la razón, desfallecimiento del pen-samiento. Estos son algunos temas de debate. Podríamos hablar de una enfermedad del yo en la cultura contemporánea que encuentre eco en muchas de las obras filosó-ficas y sociológicas. Alli donde Freud pensaba al yo, no solamente como instituído, sino también como instituyente, haciendo resurgir su capacidad creativa, el yo contemporá-neo parece pulverizado "un espacio flotante sin punto fijo ni referencia, una disponibili-dad pura que adaptada a la aceleración de los mensajes que provienen de los medios de comunicación masivos se prescinde de la ideología, o mejor dicho la ideología 'ofi-cial' equipara lucidez y pesimismo (Narcisismo, p. 17).

A partir de las patologías del narcisismo, ciertos autores, subraya Hornstein, intentan establecer correlaciones entre la dimensión histórico-social y la constitución subjetiva. Algunos afirman que el yo actual "es frágil, quebradizo, fracturado, fragmentado". Es el resurgimiento de los debates sobre el yo y la modernidad. Los que se aferran al post-estructuralismo sostienen que la dispersión del yo es un equivalente del mundo social: "El solo y único sujeto es el sujeto descentrado" (17).Desde esta perspectiva "las pa-tologías narcisistas se deben al hecho que las personas, al abandonar la esperanza de tener un control más amplio sobre el ambiente social se repliegan sobre sus preocu-paciones puramente personales: la 'mejora' de su cuerpo y su psiquismo" (p. 17). En la postmodernidad se rechazan las certidumbres de la tradición y las costumbres, que habían jugado un rol de legitimación en la modernidad. Citando a los teóricos de la Escuela de Francfort, sostiene que "la disolución de los referentes tradicionales ha generado un 'declive del individuo', un consumismo pasivo" (p. 17). Perdiendo su anclaje cultural al mismo tiempo que sus puntos de referencia internos, la identidad deviene precaria. "La subjetividad se retira hasta el núcleo defensivo, ensimismándose". (p. 18). La posición de los individuos frente a la prohibición y la ley cambia hasta el hecho de fragilizar las prohibiciones religiosas y morales, como también la ambigüedad progre-siva de los roles sexu ales y parentales. El narcisista no está dominado ni por una con-ciencia internalizada ni por la culpa.

Si retornamos a la clínica de nuestro tiempo, tal como lo considera Hornstein, su exi-gencia principal será elaborar una metapsicología del yo, del superyó, de la destructi-vidad, de la defusión pulsional, del clivaje del yo. Como lo escribió en su libro Narci-sismo. Autoestima, identidad, alteridad:

"Para esclarecer las patologías narcisistas es necesario conceptualizar la oposi-ción/relación yo-objeto. ¿Cuál es el correlato clínico de una metapsicología del yo y del superyó y cuál es el correlato metapsicológico de una clínica del narcisismo? Estas cuestiones intenté responder a lo largo de este libro, desde la clínica, desde las contri-buciones freudianas y postfreudianas y desde el horizonte metapsicológico." (18) La clínica, las contribuciones f reudianas y postfreudianas y el horizonte metapsicológico constituyen las fuentes que proveen, según el autor, los recursos para interrogar de nuevo a los postulados que gobiernan nuestra comprensión (metapsicología), nuestra nosografía (psicopatología) y nuestra acción (técnica) (18-19). Pero toda esta reflexión tiene su raíz en los Grundbegriffe [los conceptos básicos] freudianos: lo pulsional, la sexualidad, el incons-ciente, la transferencia, la repetición, las tópicas, fundamentos de su trabajo teórico-clínico.

Los estados límites son una referencia "inevitable" de la psicopatología. "Estos cues-tionan la nosografía 'clásica', transforman las referencias clínicas y exigen reformular la pertinencia de la metapsicología surgida desde las neurosis y la técnica que se des-prende de éstas. Las organizaciones límites presentan una especificidad clínica relati-vamente estable entre neurosis y psicosis" escribe Hornstein en Intersubjetividad y clínica (p. 211). Remarca que neurosis, psicosis y perversión son categorías anteriores, aún en Freud, cuando desplaza su sentido y repiensa su articulación. Por otra parte, los estados límites constituyen un acontecimiento que forma parte de la historia de la clínica psicoanalítica. En su notable artículo "El objeto único", Jacques André llega hasta afirmar que este acontecimiento implica un cambio de paradigma analítico (l999 [2008] Los estados límites, P.U.F., p. 5). Para ilustrar este cambio de paradigma, Hornstein, al igual que Jacques André, se opone a lo que el psicoanálisis privilegiaba en su origen: la represión. Más bien lo que retoma su atención cuando se preguntan por los estados límites, es el yo.

La duplicidad del yo

En el psicoanálisis contemporáneo dos concepciones del yo se enfrentan, reenviando a una problemática freudiana jamás resuelta. A lo largo de su obra Freud mantuvo, bajo el término yo, dos significaciones contradictorias. Hornstein nos refiere la primera concepción freudiana del yo: donde éste nace por "diferenciación progresiva a partir del ello bajo la influencia de la realidad exterior" (Cura psicoanalítica y sublimación, Nueva Visión, p. 46) por intermediación del sistema percepción-consciencia, como lo precisara Freud y agrega: "Este se esfuerza también en doblegar la influencia del mundo exterior sobre el ello y sus intenciones y busca poner el principio de realidad en lugar del principio de placer que reina sin limitación en el ello". (El yo y el ello, p. 237). Freud asigna al yo las funciones más diversas: el control de la motilidad y de la per-cepción, la prueba de la realidad, la anticipación, el orden temporal de los procesos mentales, el pensamiento racional, así como el desconocimiento, la racionalización y la defensa compulsiva contra las reivindicaciones pulsionales. Desde esta perspectiva el aparato psíquico se concibe "como el resultado de una especialización de las fun-ciones corporales y el yo como el producto de una larga evolución adaptativa. El ello permanece reducido en una reserva natural de algo que no está dominado. Y la cura tendería a reducir lo que el mundo del sujeto tiene de "irreal" corrigiendo los dominios no sometidos al principio de realidad (Cura psicoanalítica y sublimación, p. 47). Como lo señala Laplanche: "lo que entre el yo como individuo (en sentido "no técnico") y el yo "instancia", como elemento de la estructura psíquica, existiría una relación que sería precisamente una relación de contigüidad, o para decirlo más precisamente, una rela-ción de diferenciación. El yo aparece aquí como un órgano especializado, verdadera prolongación del individuo, cargado sin duda de ciertas funciones particulares pero no haciendo más que ubicar algo que ya estaba presente en el conjunto del ser viviente." (Vida y muerte en psicoanálisis, Flammarion, p. 88). Lo que Laplanche propone llamar la concepción metonímica del yo que predomina en la Egopsychology. Esta última ha optado por las funciones autónomas del yo, su adaptación a la realidad y su poder de regulación, haciendo así intervenir nociones como la energía neutralizada que estarían a disposición del yo así como la esfera no conflictiva y la función sintética.

La segunda concepción del yo reposa sobre "la identificación y el narcisismo en el in-terior del espacio intersubjetivo edípico" (Cura, p. 48). El yo es el resul-tado de identifi-caciones que lo hacen objeto de amor del ello, es el residuo intrasubje- tivo de relacio-nes intersubjetivas. Como Freud escribió: "Cuando el yo cobra los rasgos del objeto, por así decir se impone él mismo al ello como objeto de amor, busca repararle su pérdida diciéndole: 'Mira, puedes amarme también a mí; soy tan parecido al objeto ...'" (El yo y el ello). A e sta segunda concep-ción Laplanche propone llamarla metafórica. "El yo está a la vez ligado y separado del ello, es más un órgano de conjunción-disyunción que de integración" (Cura, p. 48). Esto abre el campo de la génesis identificatoria del yo que no se reduce a ser más que una instancia defen-siva o un órgano consciente que provee datos sobre la realidad. En lo más profundo de sí mismo, es el gran reservorio de libido "ya que en el origen, es una totalidad de amor indiferenciada para el que no existe el mundo exterior" (Cura, p. 48).

Esta es la conceptualización del yo que Lacan va a radicalizar: "el yo se forja -escribe Hornstein resumiendo la concepción lacaniana- como una envoltura psíquica ortopé-dica a partir de una trama intersubjetiva y en función del estado de indefensión infantil. El yo no es más el Sujeto, sino el lugar de las identificaciones imaginarias. Hay una coincidencia imposible entre el yo del enunciado y el sujeto del inconsciente. El yo, con los enunciados que promueve en el mismo sujeto, esconde el deseo y es por esto que pone el acento en su función de desconocimiento". (Cura, p. 48). Describir al yo como aparato de desconocimiento que es hablado y condenado desde su origen a la alie- nación no alcanza para decretar la muerte del yo. Freud ya había alertado a los ana-listas contra el peligro de erigir una "visión del mundo" psicoanalítica, la tesis sobre "la dependencia relativa del yo al ello, como al superyó, su impotencia y su sometimiento a la angustia frente a uno y el otro (…) su actitud arrogante que mantiene a penas". (Inhibición, Symptome et angoisse, Quadrige. PUF. P.11). "vasallajes del yo, respecto del ello, así como respecto del superyó, su impotencia y su apronte angustiado hacia ambos, desenmascaramos su arrogancia trabajosamente mantenida". "Allí donde Freud hablaba de dependencia, escribe Hornstein, algunos descubrían una debilidad que era signo de una inferioridad ontológica". (Cura, p. 51).

Hacia una metapsicología del yo

Las contradicciones inherentes a la teoría freudiana del yo, de hecho, su concepción bipolar, la anatema pronunciada por Lacan contra la Egopsychology, que pesó como una prohibición para el estudio del yo, las nuevas patologías que reintroducen la cues-tión del yo con gran asiduidad, todo esto torna urgente y necesario, según Hornstein, la elaboración de una metapsicología del yo. De su construcción de gran riqueza que elabora en Cura psicoanalítica y sublimación, me limitaré a delimitar algunos jalones que considero esenciales y que colaboran para pensar esta noción.

El yo es una instancia inseparable del lenguaje. En un mismo movimiento el yo es acceso a la palabra y acceso a la representación ideica "Lo decible consti-tuye la cualidad característica de las producciones del yo. Toda experiencia, todo acto implica la co-presencia de una idea que permita pensarlo y, por ende, nombrarlo. Para el yo, lo que no está enlazado a la representación de la pala-bra no tiene existencia, lo que no quiere decir que no sufra sus efectos". (Cura, p. 67). El yo permite el advenimiento de una subjetividad fundada en la compren-sión del yo por el mismo gracias a la mediación de la nominación y de la idea. De esto resulta que "no se puede instituir una heterogeneidad radical entre el sujeto y el yo. La oposición entre simbólico e imaginario debe ser retomada como una dialéctica interna en el mismo yo y constitutiva de su definición". (Cura, p. 68).

- La problemática identificatoria subtiende la constitución del yo; es, por así decirlo, el pivote. El yo se constituye en el espacio de la relación con el Otro. Dicho de otro modo, en la intersubjetividad. Tenemos aquí una situación paradójica: una subjetividad que no puede advenir más que reconociéndose identificada a partir del Otro. De este modo, la madre se dirige al niño proyectando en él un conjunto de enunciados identifi-catorios a los que inviste y de los que se apropia repitiéndolos. Estos van a conformar su yo. En efecto, estos enunciados son deseos identificatorios que conciernen al futuro del niño. Este yo anticipado por la madre es un yo historizado, que inscribe al niño desde un comienzo "en un orden temporal y simbólico, pero no por eso [el yo] está conde-nado al desconocimiento. (p. 73). Si estas primeras representaciones le son dadas por el discurso materno, esto no significa que sean el resultado pasivo del discurso del Otro. El yo es producto de un proceso identificatorio que implica un trabajo de elaboración, de duelo, de apropiaciones, que opera sobre estos primeros enunciados. Es al final de este trabajo que podrá enunciarlos como propios.

El yo necesita disponer de un mínimo de reparos identificatorias que no estén sometidas a la amenaza de vacilación o de una puesta en duda radicales. (p. 74) Si esto es verdadero, como lo afirma Piera Aulagnier, que la unidad "identifi-cante-identificado" es la condición misma de la existencia del yo, esto presu-pone que estos puntos de certidumbre sean preservados en el espacio del identificado. La identificación simbólica se vuelve posible y preservada por la relación que existe entre el identificante y sus puntos de certidumbre presentes en el identificado. Gracias a esto "el identificante se asegura su derecho inalie-nable a reconocerse identificado e identificable con los conceptos de una serie de funciones con valor universal e independientes de la 'cosa' real que los haya encarnado en un primer tiempo. (Aulagnier, 1979, Les destins du plaisir. Alienation-amour-passion, PUF, p. 27). En este sentido, "en el registro de la identificación, escribirá Hornstein, p. 8., luego de Aulagnier, la prueba de la duda podrá imponerse a todo lo que se encuentre en el exterior de estos pun-tos de certeza". (p. 74).

"El yo debería poder auto-representarse como el polo estable de las relaciones de investimiento que comprenderán sucesivamente su espacio y su mundo re-lacional. El narcisismo secundario transforma el deseo hacia el objeto en in-vestimiento yoico: el yo se transforma en objeto de deseo" (p. 74). El yo siempre narcisista intentará frente al sufrimiento empobrecer cada vez más sus rela-ciones objetales y -¿por qué no?- emanciparse del objeto instaurándolo en el yo . La investidura narcisista compensa la pérdida de objeto suprimiendo la distancia que separa al objeto del yo.

La regresión narcisista señala no tanto el amor del yo por el yo, sino el fracaso que el yo volcaba en el objeto (p. 74). La identificación neutraliza el objeto. En esta perspectiva, es importante subrayar con Hornstein que "la identificación ade-más de ser alienante, es estructurante" (p. 75).

-Pero, si es verdad que "el polo objetal y el polo narcisista conforman el capital libidi-nal del sujeto" (p. 74), el yo está obligado a encontrar una interpretación causal a su su-frimiento lo que le impedirá desinvestir totalmente al otro, su realidad y su cuerpo. Re-tomando la formulación misma de Piera Aulagnier de quien el autor se siente muy próximo, Hornstein afirma que el yo está condenado a investir. "Condenado por y para toda la vida en una puesta en pensamiento, en una puesta en sentido de su propio espacio corporal, de los objetos-meta y de los deseos, de esta realidad con la que tú deberás cohabitar, que aseguran la permanencia, no importa lo que suceda, los so-portes privilegiados de tus investimientos". (Aulagnier Piera, 1986 [1991], "Condamné à investir" en Un interprète en quête de sens, Petite Bibliothè que, Payot, p. 239). Si frente al sufrimiento del cual el sujeto, el cuerpo y la realidad pueden ser sus fuentes, el yo se dispone a retirar sus investimientos, su tarea es también la de oponerse a esa retirada: "Pensar, investir, sufrir: los dos primeros verbos designan los dos funciona-mientos sin l os que el yo no podría, ni advenir, ni preservar su lugar sobre la escena psíquica, el tercer verbo, el precio que deberá pagar por hacerlo". (Condamné a inves-tir, p. 242).

-"El proceso identificatorio tiene como condición y como meta asegurar al yo un saber sobre el yo futuro y sobre el futuro del yo". (Cura, p. 76). Luego de la declinación del complejo de Edipo entra en escena el discurso del conjunto y con él, la posibilidad para el yo de investir emblemas identificatorios que dependen de este discurso y no más del discurso de otro único como era anteriormente. De modo coextensivo, se pro-duce una modificación de la problemática identificatoria y de la economía libidinal. Nuevas referencias van a modelar la imagen del yo. "El yo abre un primer acceso al futuro debido a que puede proyectar en él el reencuentro con un estado y un ser del pasado. Esto presupone que ha podido reconocer y aceptar una diferencia entre lo que es y aquello que hubiera querido llegar a ser: el yo debe lograr tornarse pensable para si mismo en su propio devenir, imaginar la diferencia entre él mismo tal como se representa, él mismo tal como va a devenir y él mismo tal como se descubre devi-niendo. El porvenir no puede reducirse al proyecto identificatorio en la medida en que supone también el aceptar lo no cognoscible, y, en particular, lo imprevisible de su propia muerte. (Cura, p. 76). Es tarea del yo esbozar su propia temporalidad lo cual sólo es posible invistiendo un espacio-tiempo futuro y la diferencia de sí mismo a sí mismo mismo". "La apropiación de un anhelo identificatorio que tenga en cuenta este no re-torno de lo mismo es una condición vital para el funcionamiento del yo". (Cura, p. 76). Con la declinación del complejo de Edipo l os interrogantes acerca de quién es el yo y qué deberá llegar a ser ya no podrán ser respondidos por el otro primordial, sino que el yo deberá intentar responder a estos interrogantes en su propio nombre. Desde enton-ces, entre el yo y el ideal persiste un intervalo, una diferencia que representa la asun-ción de la prueba de la castración en el registro identificatorio. […] El acceso al ideal demuestra que el sujeto ha podido s uperar la prueba fundamental (p. 9) que lo obliga a renunciar al conjunto de los objetos, que en sus primeros años han sido los soportes conjuntos de su libido objetal y narcisista" (p. 77)

-Un último tema sobre el cual quisiera insistir es el de la entrada en escena de un tiempo historizado. El yo no puede devenir más que siendo su propio biógrafo. Su historia es tanto libidinal como identificatoria. (p. 77). Pero este biógrafo trabaja con do-cumentos fragmentarios habiendo perdido a todos aquellos que lo han trazado "a esos seres arcaicos y fantasmáticos que fueron los primeros habitantes de su psiquis". Su tarea es transformar estos documentos fragmentarios en una construcción histórica abierta, cuya primera exigencia será la de someter a revisión su versión de la historia, invirtiendo a veces parágrafos, inventando otros, en un trabajo de reconstrucción y de reorganización de sus contenidos y particularmente de sus causalidades, todas las veces que sienta el tener que hacerla. La mirada y el discurso materno le permitieron pensar un tiempo anterior que lo preexiste 'una historia de héroes, hadas y brujas' donde prevalece el vínculo con el yo ideal.

Las patologías narcisistas

La expresión "patologías narcisistas", subraya Hornstein, designa en la bibliografía freudiana y postfreudiana problemá ticas clínicas que, a menudo, no tienen nada en común. El autor precisa, en primer lugar, que es lo que se entiende por narcisismo. Es una etapa de la historia libidinal, de la constitución del yo de las relaciones con los objetos. "Es un compuesto que integra diversas tendencias: la de hacer converger sobre sí las satisfacciones sin tener en cuenta las exigencias de la realidad; la de la búsqueda de la autonomía y autosuficiencia con respecto a los otros; el intento activo de dominar y negar la alteridad ; el predominio de lo fantasmático sobre la realidad". (Intersubjetividad y clínica, p. 179)

Continuando con un rápido examen de la bibliografía sobre el narcisismo, Hornstein hace resurgir la pluralidad de sentidos de este término: "por un lado, la no discrimina-ción entre el yo y el otro; por otro lado, la regulación del sentimiento de estima de sí así como el interés exacerbado por la representación del yo. En el narcisismo patoló-gico, el interés exclusivo por el sí mismo y la búsqueda desesperada y defensiva del mantenimiento y la promoción del sí mismo son flagrantes, mientras que en el narci-sismo trófico este interés exclusivo está integrado con otras metas y actividades. Las actividades propias del narcisismo trófico (ambiciones, ideales, compromiso con los objetos) no están fundamentalmente motivados por la necesidad de mantener y promover la identidad y la estima del yo, sino que éstos son productos colaterales de tales actividades. Dada cierta cohesión y estima del yo el sujeto es libre de orientar cada vez mas su vida, no por motivos narcisistas, sino por las realizaciones transac-cionales del deseo". (179-180).

Esta búsqueda de precisión, insiste, no tiene por objetivo encontrar un término unívoco, sino elabo-rar una teoría del narcisismo "lo suficientemente compleja que no embrete la clí-nica, para que la clínica sea una práctica y no la aplicación mecánica de ideas duras, dogmáticas. Hay muchas cosas entre el cielo y la tierra, como dice Hamlet. Por ejemplo, la famosa trinidad/trilogía: psicosis, neurosis, perversión que sirven tanto para pensar como para no pensar. No conocemos el narcisismo. El narcisismo en sí es un magma, y un magma debe ser explicitado por modelos, y entonces inevitablemente agrisado (p. 180). Hornstein fiel en esto a la idea de Freud, de que el psicoanálisis debe "hincar hasta la raíz del conflicto" y postular modelos, elaboró una metapsicolo- gía de cuatro formas clínicas, cuyo fin será especificar el conflicto.

(1) Hablamos de patología narcisista cuando es la identidad lo que está en juego, lo que Freud llama el sentimiento de sí. Este último se juega en la esquizofrenia, en la para-noia y en los cuadros borderline. Lo que falla es la consistencia del yo; nos encontramos frente a una problemática de la identidad "pensada como movimiento, como búsqueda, y como devenir". (p. 181). Existe un déficit en la consistencia del yo. Sus límites son flui-dos. "El conflicto se sitúa en el interior del propio yo y en la perdurabilidad de la identidad a través de los cambios. Una problemática se define cuando tal eje conflic-tivo predomina en tal sujeto" (p. 181). Este en este primer modelo cuenta la identi-dad. Honstein señala que éste no es un concepto psicoanalítico. Sin embargo, insiste en el hecho que no hay análisis de las organizaciones narcisistas o estados límites en los que la cuestión de la identidad no se constituya en un problema. Por lo tanto, es necesario no sólo llegar a definir lo con pertinencia, sino otorgarle un estatuto metapsi-cológico en lugar de mantenerlo como una noción por defecto. Retomando una for-mulación de Alain de Mijolla, Hornstein afirma que la pregunta (…) en cuanto a la identidad es menos la cuestión quién soy, que la cuestión de "a partir de qué me cons-tituyo/a través de quién he sido constituido". ¿De qué hablamos cuando hablamos de identidad? Es un tejido de lazos complejos y variables en que se articulan narcisismo, identificaciones, vida pulsional, conflictos entre instancias, versión actual de la historia, repetición y todo aquello que participa en la constitución del su-jeto. (181) El proyecto identificatorio tal como lo define Aulagnier apunta a una auto-construcción continua del yo, necesaria para este movimiento temporal que le es pro-pio. Identidad reenvía a un sentimiento, "a una experiencia interior que se apuntala en la construcción identificatoria que requiere la presencia de ciertos puntos de refe-rencia sin los cuales no se sostiene el reconocimiento de sí" (Rother de Horns-tein, 2002). Lo esencial en este primer modelo es la preservación del sentimiento de identidad.

(2) El segundo modelo para las patologías narcisistas no plantea la problemática de la consistencia del yo, sino lo que hace a su valor. ¿Qué es lo que hace que yo valga? ¿Valgo? Tal parece ser la pre-gunta que insiste en algunos sujetos. El problema sobre el valor constituye el eje sobre el que giran sus actividades, sus vínculos en suma, toda su vida. Autores como Kohut o Hugo Bleichmar centran el tema del narcisismo sobre los destinos del sentimiento de estima de sí, y no tanto en el sentimiento de sí.

¿Qué es lo que Hornstein entiende por sentimiento de estima de sí? Es un residuo del narcisismo infantil y de realizaciones acordes al Ideal "un compuesto sostenido en ma-yor o menor grado, por las relaciones objetales y sus repercusiones narcisistas. Si retomamos esta formulación, diremos que es "tributario de una historia (libidinal e identificatoria), de los logros, de la configuración de vínculos, así como de los proyectos que desde el futuro indican una trayectoria por recorrer". (Hornstein, Luis (2006 [2001]) Narcisismo. Autoestima, identidad, alteridad, Buenos Aires, Paidós, Psicología Pro-funda, p. 67). En tanto entramado el sentimiento de sí comprende tres elementos: el primero concierne a la narcisización del yo; el segundo , a las realizaciones que el yo cumple de acuerdo al ideal y, un tercero, que se refiere a los vínculos. Si retomamos con el autor la distinción entre un narcisismo expansivo y un narcisismo retraído diría-mos que en el expansivo, "ciertos vínculos (estables o compulsivamente sustituibles) compensan la fragilidad del sentimiento de sí". (p. 68). En el retraído, predomina "la defensa contra el peligro de fusión-confusión, la distancia con el objeto y la negación de toda dependencia. Estas organizaciones narcisistas aspiran a la autonomía, pero sobre todo a "evitar la desvalorización, efecto del desprecio del objeto y del autodesprecio. Estos sujetos se desprecian por ser dependientes, porque se sienten prisioneros de sus deseos y, cuando renuncian a su satisfacción pulsional, el orgullo narcisista les ofrece una compensación (p. 68). Se plantea aquí el problema de las investiduras narcisistas ¿Q ue sabemos de este tipo de investiduras? Retomando el pensamiento de Freud, diremos que constituyen la proyección sobre el objeto de una imagen de sí mismo, de aquello que se ha sido, de lo que se querría ser o de lo que fueron las figuras idealizadas. Hornstein señala un punto esencial: en la elección de objeto narcisista, el objeto no es contingente. De él depende la razón de vivir, su pér-dida reactiva la dependencia. Es más, el objeto amenaza al yo: no está a su disposi-ción; no sabe ni en qué momento él estará, ni si estará. "Sus deseos, proyectos y ansiedades coinciden apenas parcialmente con los del sujeto" (p. 69). El paciente pa-rece entonces atrapado a la vez "en una autonomía que se transforma en soledad devastadora y un acercamiento con el otro que confina con la fusión mortífera" (p. 69).

La comprensión y el acercamiento terapéutico en este tipo de patología dependerán, afirma Hornstein, de elecciones teóricas. Un mismo analizando pasa por períodos de retracción y de expansión. ¿Por qué buscar la fusión? Se pregunta nuestro autor. ¿Por qué esta dependencia a perder el sentimiento de estima de sí? Luchan contra la an-gustia de separación/intrusión creando una serie continua de relaciones de objeto nar-cisistas, se protegen igualmente de angustias de fragmentación o de la pérdida de límites que les provoca la separación. Lo que resulta intolerable es la alteridad. Un exceso de presencia corresponde a una intrusión. Un exceso de ausencia es pérdida. El par presencia-ausencia no puede estar disociado. ¿Cómo tolerar la ausencia dife-renciándola de la pérdida? Si evita la fusión es por miedo a la pérdida de sus propios límites y su sentimiento de identidad. Estas personas tienden a la autosuficiencia ne-gando toda dependencia. Sólo establecen vínculos transitorios, y si perduran, los des-invisten libidinalmente. Es otra modalidad de vulnerabilidad narcisista. La defensa surge frente a la posibilidad de una respuesta no empática del objeto. Son defensas que se ubican en relación a los vínculos." (p. 69).

(3) El tercer modelo tiene como eje la confusión entre el objeto real y el objeto fanta-seado. Es, como lo escribe nuestro autor, vivir hablando consigo mismo sin aceptar la alteridad (p. 181). Lo que aquí está en juego, no es la estructura misma del yo, sino la percepción de alteridad. "El yo se construye y, junto con el yo, se construye el objeto como otro. Aceptar la alteridad, de este otro del cual yo puedo depender, del cual puedo tener necesidad, es un proceso de duelo que no se hace sin secuelas." (p. 193). Si abandonar al otro puede generar desamparo o un gran sufrimiento, lo que predomi-nan son las angustias de separación y de intrusión. A la inversa, no tolerar mucha distancia del otro es otra forma de no aceptar la alteridad". En la clínica vemos pa-cientes poco comprometidos afectivamente, que cuando traspasan cierto umbral se desorganizan. Es una problemática narcisista porque lo que está en juego es la fan-tasía de autosuficiencia y que no haya reconocimiento del otro como otro". ( p. 193). Por ejemplo, en una terapia de pareja, se escucha a menudo que uno de los integrantes reclama: "Él no escucha jamás lo que yo le digo". No hay ingreso de ruidos sino de-fensa antirruidos, o como decía Freud, "aparato protector antiestímulos".

(4) El cuarto modelo consiste en la clínica del vacío. Esta patología del vacío corres-ponde a la no-constitución de ciertas funciones yoicas o a su pérdida por exceso de sufrimiento. (p. 182) Es por la vía de la pulsión de muerte pensada como Freud, Aulag- nier y Green que Hornstein aborda este cuarto modelo. "Deseo de no deseo: cuando el exceso de sufrimiento produce el desinvestimiento, de lo que antes fue un función o un objeto investido".[…] Todo exceso de sufrimiento prolongado conduce a la abolición de esta función psíquica". (p. 196) En Narcisismo, el autor afirma que la tendencia regre-siva de la pulsión de muerte apunta a un antes del deseo, a un estado de quietud de reposo de la actividad de representación. Aspira a la desaparición de todo objeto que pueda provocar, por su ausencia, la emergencia del deseo. En el narcisismo de muerte la libido no sostiene el egoísmo. Es el principio de inercia y no el de placer que reina. Lo evidencia toda patología narcisista que presente estados de vacío psíquico y desinvestidura del yo hace entonces su aparición en el terreno de la clínica". (82). Po-demos acercarnos con el análisis de Hornstein a la noción greeniana de función de desobjetalización. Lo que se ataca no es solamente la relación de objeto "sino todas las sustituciones de éste, el yo por ejemplo y el mismo hecho del investimiento en la medida que ha padecido el proceso de objetalización. […] Pero la manifestación propia de la destructividad de la pulsión de muerte es el desinvestimiento". (Green, André, 1993, Le travail du négatif, Les Editions de Minuit, pp. 118-119).

Los cuatro modelos atañen al yo: consistencia, sentimiento de estima de sí, no discri-minación con el objeto o no constitución de funciones (p. 182).Estos reenvían a conflictos distintos: "Son ejes metapsicológicos que no pretenden abarcar todo, sino hacer justi-cia a la complejidad que tienen en la práctica cotidiana las problemáticas narcisistas (en plural, puesto que son más que una), problemáticas que no deberían cerrarse prematuramente." (Narcisismo, p. 24)

 

Conclusión

Podemos reconocer en Hornstein, no solamente a un analista de un gran refinamiento clínico sino también otra cualidad, aún más infrecuente, la de un pensador que piensa al psicoanálisis en el contexto científico, epistemológico y filosófico de la época. No es de aquellos que reducen al psicoanálisis a una actividad clínica privada del oxígeno de la teoría, encerrándolo en una serie de recetas empíricas que lo esclerosan. Como él mismo sostiene y afirma a través de sus escritos, el psicoanálisis sólo sobrevivirá si mantiene un diálogo con otras disciplinas. Este diálogo e intercambio no tienen por finalidad transformarlo al punto de hacerle perder su especificidad, sino que apuntan a mantenerlo vivo en el interior de una cultura científica y filosófica.

Paradigma de la complejidad, metapsicología del yo, patologías narcisistas y estados límites son algunos de los temas que he desarrollado en la obra de Luis Hornstein. Estas lo sitúan en el corazón de la práctica psicoanalítica contemporánea, a las vez, práctica teórica y práctica clínica. Hornstein, en varias oportunidades en sus escritos se proclama freudiano y se define como "psicoanalista producto de un pluralismo teó-rico". ¿Qué es ser freudiano para él? Diría que es inscribirse en el espíritu y la letra de este aforismo que Goethe pone en la boca de Fausto y que Freud transcribe en dos oportunidades, la segunda en el último parágrafo de Esquema del psicoanálisis: "Aquello que has heredado de tus Padres, gánalo, con el fin de poseerlo".

"Epílogo para Freud, prólogo para nosotros", escribirá Hornstein (1993, Práctica psi-coanalítica e historia, Paidós, p. 91). Su trabajo deviene un verdadero trabajo de filia-ción, según las palabras de Laplanche, si entendemos por tal una elaboración psíquica que permite desasirse de su progenitor siguiendo su obra. La herencia consistirá en hacer propias las modalidades de interrogación y de imaginación teórica que permiti-rán pensar a partir de Freud. De este modo, el peligro de un saber dogmático consiste en "suponer que el texto ha agotado el potencial de verdad de la experiencia" (Narci-sismo, p. 214). La investidura del pensamiento deviene posible y, con éste, el derecho de pensar lo que el otro no piensa o no haya pensado. Como reenvío a una filiación simbólica. Si cesan de ser una referencia al origen para constituirse en un punto de llegada "se convertirán en una identificación imaginaria, coagulada, cristalizada que dará lugar a tantas ortodoxias crispadas" (Narcisismo, p. 212, nota 4). En cuanto al pluralismo teórico adscribe a una crítica mordaz dirigida a las instituciones psicoanalí-ticas y a las ortodoxias que éstas secretan y que amenazan en transformar al psicoa-nálisis en una simple fe y a las Sociedades en sectas. Pluralismo teórico significa por una parte, combatir el encierro teórico fundado en la "idealización de un proyecto ya realizado por otro, complaciendo así un deseo de muerte del pensamiento" (Intersub-jetividad, 33). Por otra parte, es apertura a otras teorías para evitar los puntos ciegos, lo que cada uno privilegia o elude. Su confrontación así como su puesta a prueba en la clínica extienden el espectro de la escucha y de la comprensión del analista.

En este sentido, la obra de Hornstein es una invitación a articular práctica y teoría, de modo tal que la riqueza clínica dé lugar a proposiciones metapsicológicas en coheren-cia con ésta, dicho de otro modo, practicar un psicoanálisis que piensa "la turbulencia y los ruidos" ( para retomar los términos de la teoría de la complejidad).

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