
Biografías
Coordinado por Ricardo
Bruno
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Eduardo
Martinez Luque
por Carlos
A. Basch
Cuando conocí a Eduardo Martínez Luque en 1977, durante mi primer año de formación en seminarios, ya había oído su nombre con anterioridad. Se lo mencionaba no tanto por estudiar y enseñar la obra de Lacan (de por sí algo infrecuente por entonces en un analista de la APA), sino por hacerlo más allá de todo rasgo de mera "cultura" y "pluralismo" psicoanalíticos sin consecuencias. Poco tiempo después, ya participando en sus seminarios, pude apreciar de cerca su estilo en la transmisión, ajeno por igual a ortodoxias reverentes y a lacaneos de impacto epidérmico. Lo bastante asimilada y habiendo dado ya sus mejores frutos, la transmisión kleiniana dejaba por esos años de ser hegemónica en nuestro medio, y el "retorno a Freud" -también en la APA, al calor de nuevos aires institucionales- se convertía en una consigna convocante. Pero Martínez Luque nunca se ofreció para el recambio de idealizaciones. Como conocía bien y valoraba no sólo a Freud y Lacan, sino también a Klein -más allá de los excesos de un kleinismo que había devenido en establishment- y al resto de la tradición posfreudiana, podía argumentar sus objeciones sin condescender a consignas de barricada. Así por ej. su énfasis en la persistencia entre los analistas de formas más o menos larvadas de "ferenczismo" , respecto al que instaba a distinguir la posición freudiana, particularmente ante el problema del fin del análisis . Este énfasis se encuadraba en su interés profundo en lo propio de los fundamentos de la técnica analítica por fuera de toda oferta sugestiva de un saber en el lugar de la falta, y más allá del cualquier conjunto de procedimientos ad hoc . Un interés que lo llevó a repensar de modos cada vez más incisivos el final de análisis, en su cabal dimensión de acto que traspone el límite del saber del Otro .
En Martínez Luque la pasión clínica se aunaba con la más vehemente afición, nada "turística", por los más diversos campos de la cultura. En su conversación habitual eran frecuentes la reflexión epistémica, el comentario de intención política o la mención poética, a menudo enlazando problemáticamente los bordes más filosos de la experiencia analítica. A comienzos de la década de 1980, y sin menoscabo de su pertenencia a APA, parte de su generosidad intelectual se volcó en dos rudimentos apenas "institucionales". El "Club Psicoanalítico" primero, y pocos años más tarde "Matema", fueron espacios que de tan abiertos resultaban poco comunes para una época del ambiente analítico que, marcada por coyunturas tales como la decisión de un importante grupo de analistas de alejarse de APA para fundar APdeBA, o cierta mordacidad descalificatoria con la que buscaban afirmarse los incipientes -y sectorialmente contrapuestos- esbozos institucionales lacanianos, probablemente no fuera la más propicio para tales aperturas. Martínez Luque no consideraba al psicoanálisis una disciplina de fácil acceso. Por eso no era muy afecto en la transmisión a aproximaciones generales que pudieran inducir a presuponerlo de antemano, del tipo de "Psicoanálisis y (literatura, o filosofía, o matemáticas, etc.)". Solía incitar, en cambio, a buscar lo que le concernía al psicoanálisis en terrenos tan diversos como (por ej.) la lectura heideggeriana de la tekné aristotélica, la teoría de la enunciación en Ducrot, o la relación entre el cero y la serie en la génesis de los números naturales. Ahora bien, su aproximación a los textos era, no obstante la elasticidad de las articulaciones (con otros textos) en que podía encaminarlos, absolutamente rigurosa. Basta para ilustrarlo con mencionar la traducción que encomendó realizar, en el transcurso de un seminario que dictara en APA sobre "La ética del psicoanálisis", de aquellos pasajes de la "Antígona" de Sófocles cuya versión en la edición disponible no terminaban de satisfacerlo.
Pero no es menos cierto que su implicación con el psicoanálisis iba mucho más allá del rigor en los conceptos: en quienes asistimos a su intervención en un panel sobre "patologías severas", hacia fines de 1997 , difícilmente dejará de resonar su voz recitando el fragmento de un poema de A. Ginsberg entramado en su llamado a los analistas a encontrar acuerdos mínimos, para cerrar filas y resistir a la pretendida imposición, que avizoraba inminente, de tecno-taxonomías (como el DSM 4 y otras por el estilo) sin lugar para el sujeto. Cabe a Eduardo Martínez Luque lo que en una ocasión le escuché citar de un texto de Nietzsche: "El pensamiento es para muchos un trabajo penoso, pero en mis días felices, una fiesta y una orgía". De todo eso nos ha privado su muerte. Notas Denominaba así a esa posición que desestimando lo esencial de la ruptura con la hipnosis para la constitución del campo del inconsciente ubica al analista como dador de algo con que poder, supuestamente, levantar la marca de la castración. Es bien elocuente al respecto su intervención en la mesa redonda sobre "Análisis terminable e interminable, 40 años después, en Revista de Psicoanálisis, No.5 1978. Cf. "La técnica analítica en el interior de la Grosstmogliche Gegensatz (máxima oposición), en Revista de Psicoanálisis, N1, 1982. Cf. "Fin de análisis", en "Comienzo y final de análisis", Revista de Psicoanálisis, número especial internacional, No.3, 1994. En el Simposium de APA ese año.
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