Biografías
Coordinado por Ricardo Bruno
ricardoebruno@yahoo.com.ar

Heinrich Racker
por Horacio Etchegoyen

[psicoan.] (1910-1961) La vida de Heinrich Racker, breve y rica, no se presta a una descripción lineal. Se compone de un entramado de actos de creación y singulares acontecimientos existenciales, donde resuenan momentos de dicha con penas y sinsabores que su espíritu supo enfrentar con templanza y serenidad. Voy a tratar de exponer la biografía de Racker en la unidad de su diversidad, como él solía decir en sus escritos. La familia originaria. A comienzos de siglo Naphtali Meyer Racker y Ella Spiegel vivían en Neu-Sandez, una pequeña ciudad de Polonia, que después perteneció al Imperio Austro-Húngaro, y allí tuvieron sus hijos: Miriam (1908), Heinrich (3 de julio de 1910) y Efraim (1913).

En 1914, al estallar la I Guerra Mundial, los Racker decidieron emigrar y se trasladaron a Viena. Naphtali y Ella lucharon duramente para establecerse en una Viena imperial, orgullosa y antisemita, y lograron dar bienestar a su familia y estudio a sus hijos. Naphtali era un hombre culto que llegó a ser un próspero comerciante y, al mismo tiempo, dirigía un periódico sionista de prestigio. Su situación económica empeoró durante la crisis de 1928, pero sus tres hijos pudieron cursar el Gymnasium sin dificultades y se graduaron en la universidad. Heinrich y Efraim tenían grandes afinidades culturales: querían ser médicos y amaban el arte: Heinrich, la música; Efraim, la pintura. En su camino a la Universidad pasaban a diario por Berggasse 19, donde estaba trabajando Sigmund Freud. Largas noches se juntaron en aquellos años para hablar de psicoanálisis. La vocación por la medicina y el psicoanálisis pudo haber sido el campo común para ambos; pero el azar de la vida los llevó por caminos diferentes. Desde niño Heinrich se reveló como muy inteligente y con singulares dotes musicales, que florecieron en su adolescencia. Ya a los diecinueve años ejercía como profesor del Konservatorium, un honor muy grande, y más a esa edad.

El gran maestro de la juventud de Racker fue Oskar Adler, hombre de gran cultura y músico sobresaliente, a cuyas clases de astrología Racker concurrió desde 1929 por varios años. Como dice en el prólogo al libro de Adler (1956), lo que más le interesaba de la astrología eran sus contenidos psicológicos y caracterológicos. En esos años Racker estudió, también, profundamente a Freud y se internó en la literatura y la filosofía. Cuando los tres Racker entraron a la Universidad, la enfermedad del padre había arruinado las finanzas familiares, y el mayor de los varones tuvo que suplantarlo en diversas tareas. A pesar de sus deseos de estudiar medicina, Heinrich se inclinó por las humanidades, que también le atraían y le llevaban menos tiempo. Mientras Efraim estudiaba medicina gracias al sacrificio de su hermano, Heinrich abrazó las humanidades y, en 1935, se recibió de Doctor en musicología y filosofía en la Universidad de Viena. En los años siguientes, sin embargo, a poco que las cosas mejoraron, Racker volvió a los otros dos grandes amores de su vida. En 1936 fue admitido como candidato en el Instituto de Psicoanálisis de Viena y en 1937 entró a medicina. Aunque ensombrecidos por la larga enfermedad del padre y su muerte en 1937, estos años deben haber sido un momento de felicidad en la vida de Heinrich. Estudiaba medicina y su carrera psicoanalítica marchaba sin inconvenientes: estaba en análisis con Hans Lampl-De Groot, inició sus seminarios y hay constancias de que comenzó su práctica clínica.

La fortuna, desgraciadamente, duró poco: en 1938 sobrevino el Anschluss. La diáspora. La invasión de Hitler hizo que muchos judíos abandonaran Austria para salvar la vida, y entre ellos los Racker. El primero en hacerlo fue Heinrich que, luego de pasar por Dinamarca y Uruguay, llegó a la Argentina en 1939 cuando tenía 29 años. Efraim Racker (1913-1991) huyó en cuanto alcanzó su título de médico. Se fue a Inglaterra y de allí partió para Estados Unidos, donde realizó una brillante carrera de investigador. Un tema de su principal interés fue la función del adenosín-trifosfato (ATP) en los procesos bioenergéticos que tienen lugar en mitocondrias y cloroplastos. Según su biógrafo y discípulo Gottfried Schatz, la comunidad científica internacional se sintió defraudada cuando el premio Nobel de Química de 1980 se concedió sólo a Peter Mitchell, aunque fue Efraim Racker el que confirmó experimentalmente la hipótesis de Mitchell sobre la bomba de protones que interviene en la síntesis del ATP. Puede decirse, entonces, que aquellos adolescentes que caminaban por la Berggasse en los años treinta estaban destinados a dejar una marca en la ciencia del Siglo XX. La Señora de Racker y Miriam también pudieron huir de Viena a tiempo. Ella se refugió con Efraim en los Estados Unidos. Miriam, que había estudiado filosofía en Viena, siguió los ideales sionistas de su padre y se exilió en Israel.

Cuando Racker enfermó su madre estaba en los Estados Unidos, de donde finalmente se fue a Israel a reunirse con su hija, y allí las dos murieron. Un poco antes de la diáspora de los Racker, también vinieron a la Argentina los Tronquoy. Fleury Tronquoy fue un arquitecto muy distinguido que vivió en la Argentina desde 1906 a 1921 e hizo en nuestro país obras importantes, como la Basílica de Luján (o Mercedes). Casado con Jeanne Jannot, volvió a la Argentina en 1934 con sus dos hijos: Francis Henri (1923) y Geneviève (Noune), que nació el 11 de julio de 1925 y después se convirtió en la esposa de Racker. Noune hizo la carrera psicoanalítica en los años cincuenta, un poco antes que yo, y llegó a didáctica hacia 1963. Analizó en esos años a Lucía Martinto de Paschero, actual presidente de APA. Yo recuerdo a Noune como una candidata sobresaliente y llena de ingenio. La viuda de Racker se casó después con Emilio Rodrigué, otro psicoanalista destacado, y escribió con él en 1966 El contexto del proceso psicoanalítico. Yo pude acompañarla hasta la hora de su prematura muerte a los 46 años.

Los primeros años en Buenos Aires

Los comienzos de Racker en Buenos Aires fueron difíciles. Con un precario español y en medio de grandes dificultades económicas, se analizó con Ángel Garma, formado en el célebre Instituto de Berlín, que se había instalado en Buenos Aires el 24 de junio de 1938. Dicho sea de paso, Garma y Celes Ernesto Cárcamo, que se graduó en la Société Psychanalytique de Paris (SPP) y volvió al país en 1939, fueron los pilares del incipiente grupo argentino. En sus palabras de homenaje a Racker, Garma (1961) dice que lo analizó antes de que él pensara en hacer la carrera psicoanalítica, de modo que este análisis debe ubicarse en los primeros tiempos de Racker en Buenos Aires. Así lo confirma la documentada biografía de Cesio (1985), cuando dice que Racker se analizó con Garma por un año, 1940. Para hacer frente a sus gastos, y aunque Garma le cobraba generosamente un honorario simbólico, Racker se ganaba la vida enseñando piano y tocando en algunas fiestas familiares. Mi amigo Eduardo Issaharoff, hoy psicoanalista y epistemólogo brillante, dio su primer concierto de violín siendo niño acompañado al piano por Racker.

A poco de llegar a Buenos Aires, Heinrich tuvo la suerte de establecer lazos de amistad con algunos vieneses cultos, que lo ayudaron. Entre ellos se destaca Ljerko Spiller, eminente músico y pedagogo, que había llegado a Buenos Aires en esos años. Entre los alumnos de música de Racker figuraron León Salganikoff, Jacqueline Amati-Mehler y Jeanine Herrmann de Chouhy Aguirre. Salganikoff se formó en la Argentina con De Robertis y después se fue a Filadelfia, donde llegó a ser un investigador famoso, que sigue todavía su labor. En la época que tomaba sus lecciones, Jacqueline estudiaba medicina en la Universidad de Buenos Aires; ya recibida se fue a Roma, donde se formó como psicoanalista y desarrolló una labor muy destacada, que continúa hasta la fecha. Jeanine recuerda vívidamente a Racker, lo mismo que su marido, el Dr. Santiago Chouhy Aguirre, médico ortopedista. Jeanine recibía clases de piano cuando Racker, recién casado, vivía en las proximidades de Santa Fe y Pueyrredón y siguió tomando clases cuando, hacia 1946, los Racker se mudaron a Charcas, donde yo iba a analizarme. Allí tenía Racker, pues, su consultorio de analista y su estudio de música. Los Chouhy Aguirre fueron íntimos amigos de los Racker y acompañaron con devoción a Enrique hasta la hora de su muerte, en su nuevo departamento de la calle Azcuénaga. Casamiento y seminarios Racker hizo su análisis didáctico con Marie (Mimi) Langer, que había llegado a la Argentina en 1942, también exiliada, y perteneció al grupo pionero de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), fundada el 12 de diciembre de 1942.

En sus palabras de homenaje a Racker, Marie Langer (1961) dice que lo conoció en 1942. Es legítimo suponer, entonces, que Racker inició su análisis didáctico en esa época, lo que por lo demás coincide con Cesio (1961), quien dice que Racker empezó los seminarios en 1943 y los terminó hacia 1946. En 1947, cuando tenía 37 años, Racker fue designado miembro adherente de la APA. Desde entonces su carrera fue en constante progreso. En 1950 fue designado miembro titular y un año después llegó a didáctico. Mientras cursaba los seminarios, Racker conoció en unas vacaciones en el Uruguay a Noune Tronquoy, con quien se casó pocos meses después, en abril de 1944. Fue un amor a primera vista, intenso y romántico. En esa época de enamorado y candidato, Racker escribió su primer trabajo psicoanalítico, "Sobre los celos de Otelo", que apareció en la Revista de Psicoanálisis de 1945. Es un estudio de los celos patológicos, donde Racker señala los elementos del drama que explican la personalidad de Otelo y abre una de las vías que ha de seguir su obra, con su persistente interés por comprender el arte y la cultura psicoanalíticamente. Este primer artículo se refiere, además, a los celos, tema que siempre ocupó a Racker y es conocida su aguda disección de la obra de Crommelynk (Racker, 1957). El ensayo insiste en que los celos derivan de la infidelidad homo y heterosexual proyectadas. Hay aquí una idea personal de Racker, que acentúa un tipo especial de relación de objeto, la infidelidad, y no sólo la proyección de la homosexualidad, que el genio de Freud había descubierto en las Memorias del juez Schreber (Freud, 1911). El artículo le da mucha importancia al complejo de Edipo y al deseo de robar la madre al padre o el padre a la madre; pero no vincula la tendencia al robo con la envidia, como había hecho Joan Rivière en 1932. Enrique y Noune tuvieron dos hijos, Daniel (Dani) y Diego (Jacqui). Daniel nació en 1945, estudió medicina en Buenos Aires y se dedica a la citología clínica. Está casado con Elena Beatriz Julvez, con la que tiene tres hijos, y vive en Escobar, en La Escoba, la quinta que había sido de sus padres. Jacqui es de 1950 y se fue a Francia a mediados de los setenta. Se dedica a la música y es compositor y guitarrista. Poco antes de su partida, me regaló el escritorio de su padre y los dos ceniceros de su consultorio, donde yo fumaba durante mis sesiones. Uno de ellos todavía lo conservo, el otro se lo regalé hace poco a Bernardo Álvarez Lince, distinguido analista colombiano a quien analicé en Mendoza en los años sesenta.

Cuando estaba terminando sus seminarios y seguía dando clases de música, Racker escribió un libro poco conocido, Grandes maestros para la juventud, editado por Ricordi Americana en 1946. Lleva como subtítulo "30 obras originales recopiladas y revisadas, con análisis de las formas y notas biográficas de los autores". El prefacio, fechado en mayo, señala que el texto se propone poner al alcance del alumno obras originales de los grandes maestros de la música y proporcionarle la oportunidad de una primera incursión en los diferentes estilos de la música pianística. Racker fue un virtuoso del piano y cultivó la música toda la vida. Fue alumno de la gran pianista vienesa Olga Novakovic, a quien recordó siempre con gratitud, lo mismo que a Oskar Adler, cuyo libro La astrología como ciencia oculta se publicó en Buenos Aires en 1956, con un prólogo de Enrique Racker. Cesio (1985) piensa que la afición de Racker por las ciencias ocultas se canalizó en el descubrimiento de la contratransferencia.

El segundo artículo de Racker, "Sobre un caso de impotencia, asma y conducta masoquista", con el que optó a la categoría de miembro adherente de la APA en 1947, apareció en la Revista de Psicoanálisis el año siguiente. Aunque es una producción del Racker argentino, se refiere a un joven austríaco de 20 años, Pedro, al que analizó en Viena durante quince meses hasta su exilio. Racker considera que el eje de la psicopatología de este analizado es su conflicto oral con el pecho que, convertido en la madre-Moloch, vacía y destruye al bebé. Este conflicto se traslada al plano genital, donde la vagina es una boca insaciable, que castra, vacía y mata. Pedro se defiende de estos peligros con la impotencia, que también satisface su masoquismo. Los mismos dinamismos explican el asma, con la introyección de la madre absorbente por vía respiratoria. En este escrito Racker se apoya mucho en Fairbairn, autor muy estudiado en Buenos Aires esos años, aunque discrepa con él en cuanto a la forma en que el objeto es destruído. Racker no piensa que el objeto (pecho) se destruye al incorporarlo sino a partir de la frustración. El lactante percibe su hambre como el deseo de la madre (la mama) de comerlo, y es frente a este peligro que surge el deseo erótico-agresivo de absorber totalmente al objeto. Esta autoimago, como la llama Racker, se proyecta sobre el objeto que así se convierte en la madre-Moloch, imposible de satisfacer y de ser amada. Este trabajo salió en la Revista de Psicoanálisis en 1948; poco después apareció el estudio sobre Wagner, riguroso y erudito, que se alinea con el de Otelo en el interés de Racker por iluminar las obras de arte desde el psicoanálisis. La contratransferencia. Racker era muy joven y no tenía mucha experiencia cuando presentó su primer trabajo sobre contratransferencia, el tema que habría de consagrarlo como uno de los analistas más originales y creativos en la historia de nuestra disciplina. La neurosis de contratransferencia se leyó en la APA en setiembre de 1948 y provocó una gran conmoción. Hubo analistas que comprendieron de inmediato que estaban frente a un aporte de primera magnitud; otros lo consideraron totalmente equivocado y no faltó quien dijera que, cuando un analista tenía "esos problemas", lo mejor que podía hacer era reanalizarse. Racker no pareció arredrarse por aquellas críticas y siguió adelante. Es difícil decidir sobre el texto original de este ensayo, que no he podido hallar y me hubiera gustado leer en este momento; pero no hay duda que expone las ideas básicas de Racker sobre el tema, que se irán desarrollando a lo largo del tiempo. El trabajo sólo se publicó cinco años después, en 1953, en el International Journal of Psycho-Analysis con el título de "A contribution to the problem of counter-transference" y en forma abreviada en la Revista de Psicoanálisis en 1955 como "Aportación al problema de la contratransferencia". Cuando aparece, por fin, en los Estudios sobre técnica psicoanalítica en 1960, vuelve a su título original, "La neurosis de contratransferencia", con el número V. Si tomamos el resumen que el propio Racker hace de la versión de 1955 (Revista de Psicoanálisis, 12: 498) y lo comparamos con lo publicado en 1953 y 1960, podemos decir que este trabajo trata del papel de la contratransferencia en el proceso psicoanalítico y de su influencia en la función del analista sobre la transferencia y sobre el proceso de transformación del analizado, destacando al analista a la vez como intérprete y objeto. La atención principal se dirige a la neurosis de contratransferencia, postulando que, así como la personalidad total del analizado vibra en su relación con el analista, su parte sana y neurótica, el presente y el pasado, la realidad y la fantasía, así también vibra el analista en relación con el analizado, con las características peculiares de su papel. [Estudios sobre técnica psicoanalítica, 1960, p. 128]. Se estudia el complejo de Edipo positivo y negativo del analista con su analizado, así como también sus ansiedades básicas y sus defensas. Considera finalmente algunos problemas especiales que derivan de la contratransferencia como obstáculo y como instrumento técnico que puede dar al analista evidencias de lo que le ocurre al analizado. Es interesante la posición que asume Racker en este ensayo frente a la resistencia del analizado. Coincide con Fenichel (1941) en que la resistencia, en cuanto se opone a la labor del analista, no puede dejar de despertar su enojo; pero la estudia no sólo como una respuesta racional sino también como una reacción paranoica del analista, que debe ser comprendida y despejada en función de la dialéctica transferencia/contratransferencia. El enfoque de Racker es verdaderamente revolucionario.

En septiembre de 1950 Racker dictó en la APA una conferencia, "Aportación al psicoanálisis de la neurosis de transferencia", donde incursiona en el tema de la contratransferencia y señala que ciertas reacciones contratransferenciales permiten deducir la situación psicológica del analizado y hace, también, uno de sus primeros comentarios sobre la estratificación psicopatológica. Esta conferencia nunca se publicó, pero Racker la cita formalmente en otro trabajo suyo. (Revista de Psicoanálisis, 9: 342-354, 1952). Creo posible que haya inspirado "Aportaciones al psicoanálisis de la neurosis de transferencia", que se publicó póstumamente en la Revista de Psicoanálisis de 1961, donde Racker desarrolla sus ideas acerca de la estratificación psicopatológica sobre la base de un caso clínico, Paula. Este ensayo fue escrito seguramente antes del trabajo "Contribución al problema de la estratificación psicopatológica", que leyó en la APA en 1953 y salió después en el International Journal of Psycho-Analysis de 1957 y en forma abreviada en la Revista de Psicoanálisis ese mismo año. En esta publicación hay un cambio, ya que Racker ubica como primer estrato la situación depresiva primaria, que coincide más con la enfermedad depresiva básica de Pichon Rivière que con la teoría de las posiciones de Melanie Klein. En el trabajo que se publicó póstumamente en 1961, Racker hacía partir la estratificación de una situación paranoide básica (o profunda), donde el sujeto ve al objeto como atacante y perseguidor. De ese peligro se defiende dando vuelta las cosas, identificado con el agresor. Así se configura la situación maníaca primaria (o profunda) con el triunfo sobre el perseguidor. Esta configuración conduce inexorablemente a la situación depresiva primaria (o profunda), ya que el objeto no es solamente malo, sino también deseado y amado. (Volveremos sobre esto).

Al año siguiente (1951) Racker pronunció otra conferencia en la APA, a modo de comunicación preliminar, titulada "Observaciones sobre la contratransferencia como instrumento técnico". Después de pronunciarla, descubrió en el International Journal of Psycho-Analysis el trabajo de Paula Heimann que concuerda con sus puntos de vista, y eso lo estimuló a publicarla en la Revista de 1952. Entre los ejemplos que da en este escrito está Pedro, y es evidente que, ya en Viena, Racker vislumbraba la importancia de la contratransferencia, porque analiza un conflicto suyo, cuando Pedro le refiere su encuentro con una mujer y expone sus dificultades, que giran alrededor del deseo de acercarse y alejarse, de entregarse libidinosamente y simultáneamente frustrarla. Frente al largo relato de Pedro, a Racker se le impone en la conciencia la palabra "sometido", a modo de un insulto contra su paciente. Cae en la cuenta, entonces, que lo irrita que su analizado no pueda liberarse de sus objetos internos - la madre-Moloch-, que proyecta sobre la muchacha, y analiza su fastidio porque siente en riesgo su buen éxito terapéutico, sometido él mismo a los objetos que le exigen ser un buen analista (Revista de Psicoanálisis, 1952, p.p. 349-350). Es un bello ejemplo de lo que Racker va a estudiar después como posiciones y ocurrencias contratransferenciales. Racker barrunta ya, en ese momento, la importancia que tiene en el inconciente del analista su labor como fuente de la neurosis de contratransferencia.

Puede concluirse, pues, que desde sus primeros trabajos sobre contratransferencia, Racker pone el acento en la relación dialéctica entre transferencia y contratransferencia, se alza contra el mito del psicoanalista sano (no neurótico) y señala que las reacciones contratransferenciales pueden darle al analista la pista de lo que ocurre. Éste es el punto principal de la nueva teoría de la contratransferencia, que apareció en la mitad del siglo veinte, gracias a Racker y Paula Heimann. A partir de ese momento cambia substancialmente la concepción del tratamiento psicoanalítico, que se hace más sutil y complejo, pero también más preciso y objetivo. Recordemos que el valioso trabajo de Paula Heimann, "On countertransference", fue presentado al XVI Congreso Internacional, que tuvo lugar en Zurich en 1949, luego de la larga interrupción de la II Guerra Mundial, y se publicó en 1950. Es evidente que Racker y Paula Heimann alcanzaron las mismas conclusiones sin tener conocimiento uno del otro; pero, como dijo Cesio en el homenaje que se le rindió en la APA el 30 de mayo de 1961, Racker prosiguió con el tema, lo desarrolló consecuentemente y logró interesar a su comunidad científica, mientras que Paula Heimann tardó diez años en volver a considerarlo y sus trabajos no tuvieron en principio eco en la Sociedad Británica. En esto influyó de seguro, a mi juicio, la creciente tensión entre ella y Melanie Klein. Coincido con Cesio (1961, 1985) en que Racker fue más persistente en sostener sus ideas y las formuló con mayor precisión. Deseo agregar que el clima intelectual de la comunidad psicoanalítica argentina de aquellos años estaba preparado para asumir esa transformación formidable.

La transferencia.

Nos hemos referido hace un momento a la inédita conferencia "Aportación al psicoanálisis de la neurosis de transferencia", que Racker pronunció en septiembre de 1950, y a su trabajo homónimo que se publicó póstumamente en 1961. El 19 de agosto de 1952 Racker vuelve al tema pronunciando una conferencia titulada "Notas sobre la teoría de la transferencia". En ella se basa "Notes on the theory of transference", que apareció en The Psychoanalytic Quarterly de 1954 y en la Revista de Psicoanálisis de 1955. Es el número III de los Estudios de 1960. Este ensayo se propone esclarecer el papel de la transferencia en el proceso psicoanalítico siguiendo las ideas de Freud y otros autores y, al mismo tiempo, intenta explicar la intensidad y las características del fenómeno. Racker estudia minuciosamente la relación entre transferencia y resistencia a partir de la asociación libre, base del método psicoanalítico. La consecuencia de la regla fundamental es la abolición del rechazo de las ocurrencias y su comunicación, tanto de las ocurrencias rechazadas (deseos o recuerdos) como de las ocurrencias rechazantes que las critican y censuran. La abolición del rechazo incrementa por un lado la resistencia y, por otro, tiende a vencerla, de modo que la relación entre transferencia y resistencia debe ser vista desde una doble perspectiva: se repite para no recordar pero también se repite para no repetir experiencias dolorosas. De aquí surge, creo yo, el interés de Racker por la estratificación psicopatológica. Cuando Freud afirma que el analizado repite para no recordar le está otorgando importancia esencial en el trabajo psicoanalítico al recuerdo; pero cuando dice que el análisis le ofrece al analizado la oportunidad de rectificar los errores pretéritos en un ambiente más adecuado para solucionar los viejos conflictos, está reconociendo que la repetición sirve a la cura y no sólo a la resistencia, la cual se dirige más bien a evitar la repetición. En el primer caso la transferencia (negativa y sexual) se interpreta como resistencia al trabajo analítico, mientras que en el segundo la vivencia transferencial se interpreta dentro de un campo de trabajo que busca hacerla conciente y rectificarla. En un caso, la transferencia es función de la resistencia; en el otro la resistencia es función de la transferencia. Este dilema, sigue Racker, se resuelve en cuanto consideremos que el pasado reprimido es algo actual en la transferencia. Cuando el analizado no quiere recordar que deseó matar a su padre en la infancia, ¿es porque su superyó paterno se lo prohíbe o porque el padre ya está sentado en el sillón del analista? Las dos cosas son ciertas y, por esto, concluye Racker, el analista es el padre y el padre es el analista. Los grandes estudios.

En la década del cincuenta Racker fue publicando los trabajos que habrían de conformar sus Estudios sobre técnica psicoanalítica, al par que sus escritos sobre psicoanálisis y cultura, que se publicaron en forma de libro en 1957, así como también sus ideas sobre la estratificación psicopatológica, un tema que siempre le interesó y del que alcanzó a publicar un artículo importante en el International Journal y la Revista en 1957, que ya hemos comentado y volveremos a hacerlo. Sobre "La neurosis de contratransferencia" (Estudio V) hablamos al considerar los primeros aportes de Racker sobre el tema. En mayo de 1953 Racker presentó su trabajo más completo, "Los significados y usos de la contratransferencia", que apareció en The Psychoanalytic Quarterly de 1957 y en la Revista de Psicoanálisis de 1957, 1958 y 1959; es el estudio VI de su libro de 1960. En este escrito Racker expone diferentes tipos de contratransferencia y los ilustra con material clínico. Sin ánimo de hacer la exégesis de este logrado estudio, voy a recordar que Racker distingue una contratransferencia directa, cuando el conflicto del analista es con el paciente, y una contratransferencia indirecta, donde el conflicto del analista es con otra persona a la que el paciente está de alguna manera ligado, como ser un analista importante, la sociedad psicoanalítica, la sociedad en general, etcétera. Siguiendo a Helene Deutsch (1926), Racker establece otra clasificación de la contratransferencia, en concordante y complementaria, que ha tenido una notable repercusión en todo el mundo psicoanalítico. En la contratransferencia concordante el psicoanalista se identifica parte a parte con las instancias psíquicas de su analizado, mientras que en la contratransferencia complementaria el psicoanalista ocupa el lugar del objeto interno del paciente. Si bien aquélla es más empática y ésta supone un mayor nivel de conflicto, es también cierto que, para Racker, la contratransferencia complementaria nos abre una perspectiva más amplia del mundo interno del analizado si sabemos analizarla e interpretarla sin hundirnos, como gustaba decir, en la contratransferencia. A estas ideas agregó León Grinberg (1956, etcétera) su concepción de la contraidentificación proyectiva, utilizando la teoría de la identificación proyectiva de Melanie Klein, que no aparece en el ensayo de Racker. Hay otros dos tipos de contratransferencia, por fin, ocurrencias y posiciones, que le dan una gran riqueza y hondura a la relación analista/analizado. En las ocurrencias contratransferenciales el analista se encuentra pensando espontáneamente algo distónico, que de momento no se justifica y posteriormente aparece de alguna forma en el material del analizado. La posición contratransferencial es más permanente y menos notable, más insidiosa, como por ejemplo el enojo, la complacencia o la atracción del analista, que implica un mayor nivel de conflicto. El riesgo de las ocurrencias es no tenerlas en cuenta y pasarlas por alto (o interpretarlas sin que el material del paciente lo autorice); el de las posiciones es mantenerlas reprimidas, racionalizarlas y actuarlas, desaprovechando la oportunidad de comprender cabalmente lo que está pasando y de utilizarlo en el proceso de transformación interna del psicoanalizado. Un ejemplo común y patético es el analista que hace esperar con frecuencia a un determinado analizado especulando inconcientemente con su sometimiento o masoquismo.

El psicoanálisis y la cultura.

Paralelamente a los trabajos de técnica, que muy sumariamente acabo de recordar, se van desenvolviendo, a modo de un contrapunto musical, los de la cultura. Ya nos hemos referido a sus ensayos sobre los celos de Otelo (1945) y sobre Wagner (1948). En 1949 Racker dictó su primer seminario para los candidatos del Instituto de Psicoanálisis de la APA y fue sobre Antropología psicoanalítica. Lo inauguró con sus "Notas de introducción a la antropología psicoanalítica", que apareció primero en Neurobiología (1951) y después en la Revista de Psicoanálisis (1953) y se incorporó al libro Psicoanálisis del espíritu de 1957. Racker piensa que el psicoanálisis ofrece a la antropología cultural un instrumento insustituible para comprender la estructura de una sociedad y desentrañar sus orígenes. La antropología, a su vez, aporta elementos para que el psicoanálisis corrija o sostenga sus hipótesis o para que elabore otras nuevas. Fidias Cesio (1985), uno de los candidatos de aquel seminario, recuerda cuánto lo impresionó ese profesor ‘extranjero’, que dictaba un seminario atípico en un castellano por momentos difícil de seguir, y que, sin embargo, se ganó la admiración de la audiencia desde el primer encuentro. Racker dictó después seminarios sobre Freud, Melanie Klein y técnica, así como también grupos de estudio privados para psicoanalistas. A este ensayo siguieron otros sobre la música, la personalidad de Freud, etcétera. Quiero recordar solamente dos de estos trabajos. En su meditado escrito "Sobre la posición de Freud frente a la religión" (1956), Racker pasa primero revista a las investigaciones freudianas sobre la religión y después señala que el ateísmo de Freud tiene que ver con su relación con el padre, de rebeldía y de amor. Concluye que, tanto la religiosidad como el ateísmo, pueden ser patológicos o sanos, según la naturaleza y el origen de las ideas que están en juego. En "Carácter y destino", escrito al año siguiente, Racker muestra la profunda identidad del conocer, el ser y el suceder, de modo que nuestro destino, a modo de las series complementarias, es la resultante de lo externo y lo interno. Desde el punto de vista psicológico, señala el autor, y aquí resuenan las enseñanzas de Oskar Adler, el mundo de cada uno de nosotros no es otra cosa que nosotros mismos. Estos ensayos, con otros no menos interesantes, aparecen en forma de libro, publicado por Nova con el título de Psicoanálisis del espíritu en 1957. El objetivo de esta obra es la comprensión psicoanalítica de las creaciones del espíritu, para contribuir al viejo anhelo del hombre de conocerse a sí mismo, porque allí donde la psique se manifiesta tiene el psicoanálisis la obligación de aplicar su método, que no es otro que descubrir el inconciente.

1960.

En enero de 1960 Racker interrumpió sus tareas por dos semanas para operarse de una litiasis biliar. Le sacaron la vesícula llena de cálculos y se recuperó sin inconvenientes. Después de las vacaciones de febrero Racker reanudó sus tareas con justificado optimismo. Era director del Instituto de Psicoanálisis, estaba renovando la enseñanza y, en un empeño de ampliar el contacto del psicoanálisis con la sociedad, decidió crear una clínica psicoanalítica. Por esta razón y por otras el Centro de Investigación y Orientación de la Asociación Psicoanalítica Argentina lleva su nombre. A fines de marzo inició un seminario cronológico de las obras de Freud para los candidatos recién ingresados, entre los que se encontraba Roberto Polito, con un plan que iba a durar los tres años de la carrera. Paidós publicó su segundo libro, Estudios sobre técnica psicoanalítica, que fue muy bien recibido y salió el 17 de mayo. El 15 de agosto Racker recibió una carta de Karl Menninger donde lo invitaba a ser Sloan Visiting Professor en la Menninger School of Psychiatry. El cargo consistía en pasar dos o tres meses en Topeka realizando las tareas docentes que él quisiera, con la sola obligación de su presencia y el compromiso de mantener contacto personal e informal con el staff y los estudiantes. Racker aceptó complacido la propuesta, que se difundió de inmediato en la APA. Estaba muy contento y le comentó a Guillermo Ferschtut, entonces su alumno y supervisado, que esa invitación era lo más lindo que había recibido en la vida después de la leche del pecho de su madre (Ferschtut, 1961, p. 290). Para completar este panorama estimulante, había sido invitado a participar en el 22º Congreso Psicoanalítico Internacional, que iba a tener lugar en Edimburgo a mediados de 1961. Racker reemplazaría a Hanna Segal, que a su vez pasaba a ocupar el cargo de relatora, vacante por la muerte de Melanie Klein en 1960. El tema del Simposio principal del Congreso, Los factores curativos en psicoanálisis, le hubiera dado una gran oportunidad para mostrarse en el cenit de su pensamiento psicoanalítico. A mediados de noviembre, sin saber todavía que estaba enfermo (al menos concientemente), Racker habló en la APA sobre ética y psicoanálisis. Fue un día de gloria. Con un salón colmado de amigos, colegas y discípulos, Racker mantuvo literalmente un diálogo con Freud, sosteniendo que la ética le viene al ser humano desde adentro y no sólo de la sociedad. Coincide con Freud, desde luego, en que somos más malos y más buenos de lo que creemos, porque el sentimiento de culpa y la necesidad de castigo nos llevan a reprimir nuestra bondad. Sostiene en este trabajo, como a lo largo de toda su obra, que la agresión causa culpa porque se dirige a un objeto de amor; y afirma, en conclusión, que el conocimiento, la salud mental y la virtud son facetas de un solo y único proceso. Esta conferencia, que se publicó póstumamente en el International Journal of Psycho-Analysis de 1966, fue la culminación de una noble vida y un mensaje de amor por la ciencia y el hombre. Esta halagüeña situación cambió trágicamente de un día para el otro. El 25 de noviembre Racker supo que padecía cáncer y sus días estaban contados. La presunción de su médico clínico se confirmó por una punción biopsia, que también se le remitió a Efraim a Nueva York, quien desgraciadamente tuvo que estar de acuerdo con los patólogos argentinos. De inmediato le escribió a Menninger una carta serena, y por eso mismo dramática, para anunciarle que tenía que darle malas noticias: en las últimas semanas había sentido dolores abdominales y justamente el día anterior había recibido el diagnóstico de cáncer al hígado, por lo que se veía obligado a cancelar su viaje. Al mismo tiempo escribió una carta (en alemán, para que sus hijos no fueran a encontrarla) en la que se despedía de ellos y su mujer, de su madre y hermanos y de todos los que le eran próximos. Recuerda en ella los muchos momentos felices de su vida y también las dificultades y sufrimientos que tuvo que sobrellevar. Dice la carta: "Fui dotado por la naturaleza con el don de sentir gran felicidad a través de la música y de gozar intensamente de las creaciones filosóficas, científicas y literarias". Después de agradecer a Oskar Adler y Olga Novakovic, sus maestros en Viena, dice Racker: "En Buenos Aires pronto pude realizar mi viejo anhelo de ser psicoanalista. Tuve así, dentro del modesto marco de mi talento, la oportunidad de dedicarme a la investigación científica y de crear algo".

Hizo avisar a sus pacientes que no podía atenderlos porque estaba enfermo y decidió no recibir ya visitas para obviar a sus amigos un doloroso encuentro con la muerte. Con algunas excepciones, aceptó solamente la presencia de Marie Langer y de Santiago Chouhy Aguirre y su esposa Jeanine Herrmann, que lo acompañaron, como Noune y sus hijos, hasta el final. Efraim vino de Nueva York a despedirse. En los últimos días oía música y conversaba con los que lo acompañaban. Lo único que le pidió a su amigo Santiago es que no lo hiciera sufrir, porque temía más al dolor físico que a la muerte, y él lo cumplió. La hepatomegalia crecía día a día y empezaba a dificultar el retorno venoso; el Dr. Santiago lo vendaba para aliviar el edema de los miembros inferiores. La ictericia y la astenia también aumentaban, pero Enrique, lógicamente muy triste, conservó su humor y su lucidez hasta el fin. Se instaló entonces el coma hepático y llegó la muerte. Cesio era uno de los pocos que lo visitaba, y a él le encomendó que, con Grinberg y Liberman, se ocupara de organizar la Clínica según el modelo de la London Clinic of Psycho-Analysis. Pensó en el psicoanálisis literalmente hasta la hora de la muerte. Después de la publicación de los Estudios, Racker había dada por cumplida su investigación sobre la técnica y se aplicó a estudiar el antisemitismo. Su cáncer (la bestia, Hitler, el nazi - como él lo llamaba) no se lo permitió.

Enrique Racker murió en Buenos Aires el 28 de enero de 1961, cuando tenía 50 años.
La muerte lo sorprendió en el apogeo de su creación. Colofón Lo más destacado de la vida de Racker está, no cabe duda, en su obra escrita; fue también un gran analista y profesor, un verdadero maestro. Tuvo una lucida participación en la vida de su Asociación, ya que fue secretario de la APA (1957-1959) y director del Instituto de Psicoanálisis, donde lo acompañó Fidias R. Cesio como secretario. Cesio escribió una biografía excelente de Racker, que apareció en 1985 y yo consulté ampliamente. Como analista era firme y cauto, sereno y para nada autoritario; reservado como lo impone el oficio, no carecía de humor. José Remus Araico, que se formó como su esposa Estela en Buenos Aires y volvió a México para ser uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM), me contó esta deliciosa anécdota. Estaba asociando como siempre en una sesión, cuando de repente vio, pasmado, una perdiz en la biblioteca. Se quedó mudo. Racker comprendió de inmediato lo que pasaba. "Perdóneme - le dijo - voy a sacar la alucinación y enseguida vuelvo". Tomó dulcemente del estante la perdiz que habían traído sus hijos de la quinta de Escobar, la llevó al interior de la casa y regresó a su puesto.

Podría contar muchos momentos de mi análisis que lo pintan como un analista eximio, justo y democrático. Su teoría de la contratransferencia es, al fin y al cabo, una actitud firmemente psicoanalítica y democrática. Racker era ante todo un analista comprometidamente freudiano, aunque podía discrepar con él y estaba abierto al pensamiento de otros autores, que conocía a la perfección. Sin duda recibió la influencia de analistas vieneses y británicos, como Anna Freud, Fairbairn y Melanie Klein; a ésta la visitaba en Londres en los últimos años. La madre-Moloch parece ser una idea rackeriana, si bien tiene que ver con los objetos internos de la escuela inglesa. Qué sabía y qué leía Racker en Viena cuando analizaba a Pedro es algo que todavía no me he podido contestar. Enrique Pichon Rivière con su teoría de la enfermedad única y Garma con el énfasis en el masoquismo estuvieron presentes en su pensamiento, aunque es sin duda Mimi Langer la que más influencia tuvo en su desarrollo. Cárcamo fue su amigo; Cesio, Grinberg y Liberman fueron primero sus discípulos y después sus amigos. Elena Évelson, que nos dejó hace poco, el 28 de octubre de 1996, Rebe Grinberg, Ana Kaplan, Pola Ivancich de Tomás y yo nos analizamos con él mucho tiempo. Yo pienso que mi análisis con Racker, que duró siete años, fue lo mejor que recibí en mi vida "después de la leche del pecho de mi madre", sin desconocer todo lo que le debo a Donald Meltzer cuando me reanalizó en Londres por un año en 1966. Marcelo Bianchedi también se analizó con él un año largo y me contó estos días una experiencia dramática, que muestra al ser humano que era Enrique y prueba también que trabajó hasta avanzado noviembre. Cuando comunicó a sus analizados que iba a dejar de atender, Marcelo no registró el mensaje y fue a su sesión. Lo hicieron pasar al consultorio, como siempre, y se sentó en el diván esperando. Entonces llegó un desfalleciente Racker, y, apoyado en su escritorio, le dijo que le había enviado un mensaje porque estaba enfermo y no podría atenderlo más; pero, ya que había ido, quería saludarlo y despedirse.

Racker operaba con el dualismo de eros y tánatos; pero, a diferencia de Freud y Melanie Klein, creía firmemente que la satisfacción libidinal y su frustración son el punto de partida del desarrollo. No pensaba que la deflexión o la proyección del instinto de muerte fueran lo decisivo. El objeto malo es primordialmente el pecho que frustra, que "mama". El inconciente vivencia la frustración como ataque (Racker, 1961, p. 221). La diferencia con Melanie Klein es que, para Racker, las angustias más profundas se refieren a la libido ligada a un objeto que provoca dolor. Frente a ese dolor surge la agresión, que ahora sí es proyectada. Aunque Racker entiende el sadismo como respuesta a la frustración, no duda para nada que hay tendencias innatas, el sadismo incluido. Para aclarar el pensamiento teórico de Racker voy a volver a su conferencia sobre la estratificación psicopatológica, leída en 1953 y publicada en 1957. El primer estrato es la situación depresiva primaria (o profunda), a partir de la carencia, la falta. Racker parte de los impulsos (o pulsiones, como decimos hoy), y afirma que la finalidad del instinto (Triebziel) implica que éste puede ser satisfecho o frustrado. El primer fenómeno en la sucesión de los acontecimientos biopsicológicos no es el impulso sino la carencia que moviliza la pulsión. La carencia es paradójicamente, dice Racker, antes que el impulso, de modo que la carencia (el hambre, pongamos por caso) es previa al impulso (a comer). La necesidad, que moviliza las pulsiones, surge para cambiar el estado de carencia. La carencia trae dolor, displacer, angustia; y ese dolor, que acompaña a la vivencia del yo dañado, configura para Racker la situación depresiva primaria (Revista de Psicoanálisis, 14: 278). La situación paranoide primaria surge como un segundo tiempo ante la vivencia del yo dañado que se atribuye a un objeto perseguidor. La identificación con el perseguidor conduce a la situación maníaca primaria. Etcétera. Racker piensa, como Strachey, que la labor del analista consiste en romper el círculo vicioso neurótico, que encadena al analizado a la repetición. Considera, además, que la interpretación mutativa sólo es posible si el analista es de veras un objeto bueno, y esto únicamente se consigue si el analista es bueno, en el doble sentido de ‘bueno’ como profesional y como persona. Aquí interviene la contratransferencia: si el analista la comprende silenciosamente y puede usarla para interpretarle al analizado lo que ‘objetivamente’ está pasando, cumple de lleno su labor. No hay aquí un ápice de apoyo o de técnica activa. Respetuoso de su analizado como persona que sufre y viene a buscar alivio y amor, era respetuoso también del setting, en los parámetros de la reserva analítica y la asimetría del diálogo. Racker mantiene siempre el equilibrio, sin caer nunca en la demagogia de la confesión contratransferencial ni en el autoritarismo de negar sus faltas. Grinberg (1961), que era presidente de la APA cuando Racker murió, lo definía por su ecuanimidad; y tiene razón. Al abrir el 4º Simposio Anual de la APA de 1956 sobre técnica psicoanalítica, que presidió, Racker habla del afecto que ninguna técnica puede sustituir y exhorta a luchar por la supremacía del instinto de vida contra el instinto de muerte. Este mismo afecto, sin embargo, concluye, nos obliga a no confiar solamente en la intuición y el arte personal "sino en llevar a la conciencia y convertir en conocimiento y ciencia todo lo que hace eficaz o ineficaz nuestra labor", Revista de Psicoanálisis, (1957, p. 2). En el prólogo de los Estudios dice Racker que siempre lo había sorprendido y preocupado la notable distancia existente entre la amplitud del conocimiento psicoanalítico y las limitaciones de la práctica. Dedicó lo mejor de su vida a acortar esa brecha, y por cierto que lo consiguió.

Enlaces sugeridos

  •  

Libros

  •