Volver a la página principal El pensamiento de Winnicott

Mi experiencia en la formación
como psicoanalista de niños y adolescentes
por Saúl Peña K.

La mejor manera de presentar mi experiencia de formación como psicoanalista de niños y adolescentes es la de trasmitirles un testimonio lo más natural posible de lo que ha sido mi relación con cada uno de mis supervisores y con cada uno de los pacientes que supervisé con ellos. En esta oportunidad me ocuparé de las supervisiones con Donald Winnicott y agradezco a la Asociación Psicoanalítica Argentina, pionera de Latinoamérica, por su gentil invitación.

EL JUEGO Y EL SUEÑO

Reseñar mi experiencia con Donald H. Winnicott (1896-1971) con quien tuve un vínculo y mutualidad muy significativos es un privilegio. Y más aún haber recibido la supervisión de él de dos casos, uno de un niño de 4 años, encoprético, y otro de una adolescente que vino a analizarse refiriendo ser frígida. Estos me permitieron aprender y descubrir.

Conocí a Donald Winnicott en la Sociedad Británica, en las reuniones científicas de los miércoles, cuando él era Presidente de la Sociedad. Es a través de estos previos encuentros que su personalidad, su libertad, su autenticidad, su originalidad y su creatividad me impresionaron. Le pedí que supervisara mi primer caso de adultos, pero no fue posible. Volví a pedirle que supervisara el segundo y tampoco fue posible, hasta que aceptó supervisar el primer caso de mi entrenamiento en niños y adolescentes. En una oportunidad tuve la osadía de participar en una de las reuniones de los miércoles acerca de mi paciente adolescente.

Se trataba de una adolescente que había venido a la clínica por iniciativa propia manifestando que para ella hacer el amor era como leer un periódico, lo que le hizo tomar conciencia de que había algo que no andaba bien.

La paciente venía siempre puntual a las entrevistas, se echaba al diván e inmediatamente se ponía a dormir. Yo traté de utilizar múltiples recursos para mantenerla despierta, pero era imposible; tenía que despertarla para decirle que su sesión había terminado. Se levantaba y regresaba al siguiente día con toda puntualidad. Era evidente que su vida y mundo oníricos eran tremendamente importantes para ella e incluso podía sostenerse que en él encontraba la satisfacción que no hallaba en su vigilia. En un determinado momento, descubrimos que era una criatura que había tenido varios traumas (acumulative traumas de Masud Khan).

Luego de atravesar por diversos sentimientos contratransferenciales que se hicieron conscientes, fui aprendiendo lo que llamo la utilización creativa de la contratransferencia y el reconocimiento de cómo podemos amar y odiar a nuestros pacientes y experimentar sentimientos que van de un polo al otro, pasando por momentos de cólera, de rabia, de impotencia; al mismo tiempo esta experiencia me permitió ir descubriendo el tánatos terapéutico, es decir la utilización creativa de la agresión. A través de mi vínculo con mi paciente fui aprendiendo, y esto con gran ayuda de Winnicott, la forma como el paciente busca hacerle experimentar a uno lo que él mismo ha experimentado, para luego, a través de la propia experiencia del analista, entender y comprender la del paciente; elementos precursores de la posibilidad de una interpretación mutuativa que tome en cuenta los inconscientes de ambos: paciente y analista.

La actitud de Winnicott era indudablemente atenta y receptiva e incidía muchísimo en que yo conocía a mi paciente más que él, de tal manera que me podía hacer comentarios, indicaciones o sugerencias pero quien compartía con el paciente la intimidad y la intersubjetividad analítica era yo.

A pesar de encontrarme con un personaje de esta magnitud me sentía libre, respetado y con un estímulo muy sutil a despertar las posibilidades intuitivas y los descubrimientos personales a través del vínculo que muchas veces uno ni siquiera se da cuenta. De tal manera que su contribución sobre el juego (play), no la competencia (game) se vivía en la situación analítica. Era como él mismo decía, la base de la experiencia cultural.

A través de la supervisión iba descubriendo los aspectos que sustenta cuando habla del verdadero y falso self, es decir del ser verdadero y del ser falso, y cómo aparte del reconocimiento de estos aspectos con mi paciente, lo iba descubriendo dentro de mi vínculo con él y en mí mismo.

Después de más o menos tres meses de contemplar a mi paciente durmiendo, a veces roncando, y luego de seguir las indicaciones de que si deseaba, mientras ella dormía podría leer un libro -cosa que sólo hice en algunas ocasiones- ella fue empezando a ser capaz de despertarse y de mantenerse despierta conmigo.

Lo que descubrimos era que esta regresión implicaba también un elemento de confianza y una forma de prevenir la repetición de la desintegración y el sufrimiento a ella asociado, unido al impulso creativo que surgía de experiencias diferentes vinculadas a su relación conmigo. Lo que esta criatura sentía haber vivido era como si al lado de un padre ausente, tuviera una madre que desestimara la sensibilidad, desestimara la respuesta a experiencias penosas o dolorosas desdeñándolas y al desdeñarlas le generara a ella el sentimiento de no ser reconocida en su calidad de persona sensible, sino objeto de una deformación de sus sentimientos de parte de la madre. Bajo una seudoprotección le respondía algo que no me es tan fácil sintetizar, pero que podría traducirse como: "No le des importancia, ríete, la pérdida de un hombre se subsana con el logro de otro, no vale la pena sentir, no vale la pena sufrir, no vale la pena llorar"; como si quisiera colocar en su piel psíquica un tipo de protección que le quitara humanidad, que le quitara intimidad, que le quitara subjetividad y que le quitara diferenciación en sus sentimientos. Era como si quisiera uniformizarlos a través de esta seudoprotección artificial, mecánica, destructiva y superficial que vulneraba su posibilidad de vivir, haciéndola prácticamente muerta en vida. De ahí que la frigidez que esta criatura experimentaba en la relación sexual era en gran medida resultante condensada de una percepción que tenía de ésta como algo sucio y desagradable y el congelamiento de su relación con la madre y el padre que le habían impedido la posibilidad de experimentar y vivenciar un sentimiento y una sensación de placer, de disfrute, de contento, de alegría, de felicidad, justamente la no respuesta. Sucedió que en un determinado momento, ella empezó a sentir que su enamorado, venía a parecerse y a ocupar el lugar de sus padres y a través del análisis fue descubriendo que necesitaba restituirse, diferenciándose y separándose para de esta manera, a través de su propia recuperación de sí misma, poder iniciar un vínculo que le permitiera no sólo sentirse separada, sino al mismo tiempo, valorada.

Cuán importante podría haber sido para ella el hecho que yo la acompañara mientras dormía, que al despertarse se encontrara sana y salva y que esta experiencia se fuera afianzando. Vimos que a nivel de la transferencia, más aún de su vínculo conmigo, fue encontrando un espacio y un tiempo que le permitía ir reconociendo gradualmente su territorio, su pertenencia. A diferencia de lo que le había sucedido con sus padres y con su enamorado, en él no experimentaba carencia, deprivación, intrusión ni violación de sus límites de persona. Se sentía acogida, reconocida en su proceso de individuación y diferenciación. El manejo respetuoso del juego mutuo permitió el desarrollo de una confianza básica -holding (acogiendo, recibiendo, sosteniendo, conteniendo), handling (manejo), y backing (respuesta fortalecedora, de respaldo y enriquecedora)-.

Mi paciente le comunicó a su enamorado el deseo de concluir su relación. El la amenazó con contarle a todos sus vecinos que era frígida. Ante esta amenaza, ella se encerró en su habitación y no quiso alimentarse durante el fin de semana. Sentía que no era comprendida por su madre. El lunes siguiente vino y me contó que había sentido y experimentado esto como un trauma, como una amenaza a su integridad e integración, que sin embargo había sido capaz no sólo de vivirla profundamente sino de fortalecerse y tener más fuerzas para concluir este vínculo, dado que la había decepcionado y desilusionado, pero no dejándola sin ilusiones sino al contrario, dándole la posibilidad de encontrar alguien diferente.

Seguimos trabajando y luego de un tiempo se enamoró de un chiquillo que también se enamoró de ella y que a diferencia del otro y a pesar del reclamo, del pedido, del deseo y vehemencia de ella por tener relaciones sexuales, él le contestó que no las tendría mientras no la viera lista y preparada para ello.

El 11 de enero de 1968 recibí una carta inesperada de Winnicott en la que me decía dos cosas: una, me pedía que no fuera la siguiente semana dado que estaba sobrecargado de trabajo pero de encontrarme con alguna dificultad, podía llamarlo por teléfono; que sentía mucho hacer esto porque él gozaba de nuestras sesiones. La segunda cosa que me decía, es que mientras me estaba escribiendo, quiso agregar algo a lo que ya me había dicho esa mañana que era obvio, que cuando él me decía que mi paciente puede jugar a ser un chico con alguna ventaja para sí misma, él estaba implicando que en su mente, ella había soñado un sueño en el cual era un chico. Tan pronto me fui, me dice, se dio cuenta que había dejado de hacer la conexión que siempre hace entre la habilidad de jugar y el logro de la capacidad de soñar. Es sumamente interesante el hecho que durante las sesiones previas, ella había traído un sueño en el cual era un chico, sin que Winnicott lo supiera entonces.

Esto se representaba también en los esfuerzos y recursos de seducción que utilizó para tener relaciones sexuales con su enamorado sin éxito. El sólo tuvo relaciones con ella cuando la sintió y la percibió lista para tenerlas. El resultado ya se pueden imaginar, es que ella vio estrellas como una experiencia de plenitud y tuvo la posibilidad de recuperar su cuerpo, sus genitales y su capacidad de goce, de disfrute y de felicidad, reconociendo con toda nitidez un orgasmo integral y una relación que existía antes, durante y después del coito, que realmente la hacía sentirse querida, amada, respetada y reconocida.

Durante este proceso, yo atribuía que mi paciente había recibido más beneficio del enamorado que mío. Continuó el análisis con expresiones de gratitud de parte de ella por haber sido un acompañante que la había hecho sentirse diferente y al cual agradecía por haber contribuido -eso me decía- a haber logrado lo alcanzado que no solamente era por el enamorado sino por su vínculo conmigo que había transitado, recorrido y transformado su vínculo con su madre, con su padre, con su enamorado y consigo misma.

Al llegar al año de análisis, me comunicó que la razón por la cual había venido ya la había logrado, por lo tanto, el motivo no subsistía y que ahora quería vivir fuera lo que había vivido dentro, y qué pensaba yo. Pude captar que para mi paciente era indispensable vivir esto y por lo tanto nos despedimos en mutualidad y reconocidos por el valor de esta experiencia que había pasado a servir para una existencia.

El otro paciente que supervisé era un niño de 5 años, muy buenmozo, vivaz, inteligente, despierto y sensitivo que vino al análisis por una encopresis.

Desde el inicio del análisis, se mostró tremendamente agresivo y hostil. Me tiraba sus juguetes, me atacaba con ellos, llegando incluso en una oportunidad a escupirme. Esto se expresaba igualmente en sus fantasías y dibujos acerca de la guerra en la que chocaba, golpeaba y derribaba aviones. El me mataba, me atacaba, yo moría y luego me resucitaba. Siempre vencía y nunca quiso darme sus dibujos para conservarlos porque terminaba rompiéndolos.

En una supervisión Winnicott me preguntó que cómo entendía yo la agresión tan violenta que él expresaba en sus sesiones conmigo. Le comuniqué que me daba la impresión que eran producto exactamente de lo contrario que sucedía en su casa donde, por la única vía por la cual él podía expresar agresión hacia sus padres era por el ano, dado que su mamá, era una educadora sentida por él como severa y represiva y al padre ausente. Le dije que su comportamiento en las sesiones evidenciaba la necesidad que este niño tenía de hacer conmigo lo que a él le gustaría hacer con sus padres. Winnicott me dijo que muy probablemente yo tenía alguna razón pero que, para él, lo importante era que el niño sufría de pesadillas y que una manera de comunicármelas era haciéndome experimentar a mí lo que él experimentaba en sus sueños, simplemente cambiando los roles en los cuales él era el perseguido por persecutores que querían eliminarlo, mientras en la sesión él me situaba a mí en la situación de perseguido y él asumía el rol de persecutor, tratando de hacerme sentir y experimentar lo que él sentía.

Esto facilitó mucho la comunicación con mi paciente y permitió gradualmente tratar sus juegos y sueños como mensajes que posibilitaban entender y comprender su mundo interno. Al mismo tiempo, le hacía ver cómo era importante para él darse cuenta que podía permitirse expresar su cólera, su odio, su rabia y sus deseos de muerte pero que él y yo seguíamos vivos y cómo incluso muchas veces, podía matarme y resucitarme. Yo le trasmití que esto me daba la posibilidad de mostrarle también a él mi cólera, mi rabia, lo mismo que mi vulnerabilidad, que él no era el único que podía tener estos sentimientos ni tampoco ser el único vulnerable, ya que yo también lo era.

Este descubrimiento para él dio buenos resultados dado que el viernes de esa semana me sorprendió al pedirme que le diera unas hojas de papel, que iba a tener ese fin de semana el análisis en su casa y que el lunes me iba a traer sus dibujos. Al darle los papeles se le abrieron los ojos, sonrió y me dijo: "El lunes voy a traerle mis dibujos y se los voy a dar para que usted se los guarde". Este cambio fue acompañado de la superación de su síntoma. Gradualmente fue siendo capaz de darse cuenta y tener insight acerca de su mundo interno donde no solamente existían sus padres, sus hermanos que estaban muy celosos de que él tuviera análisis, sino que también me tenía a mí dentro de él. Tan es así que en una sesión posterior me trajo un caramelo y no solamente se lo acepté sino que me lo comí. Winnicott me dijo que yo paré el juego (you stopped the play). Ahí aprendí lo importante que era no interrumpir el juego; supervisando esta misma sesión con otra analista en grupo con colegas de mi promoción, me dijo que si fuera mi supervisora y yo hubiera hecho eso me mataba. Esto lo digo para mostrar diferentes actitudes frente a una situación específica.

Luego que paró la encopresis, fue también capaz de gozar nadando por primera vez y sentirse muy orgulloso de su logro debido a que previamente le aterrorizaba nadar.

Quiero referirles que un día supervisando este caso, Winnicott hizo que yo dirigiera mi mirada a través de la ventana de su consultorio que daba a un parquecito. En él jugaba un niño con la pelota. Me dijo algo que se vincula en gran medida con la carta que me escribió: que lo importante no era solamente que el niño jugara con la pelota, sino que el niño soñara jugando con la pelota.

Quizás es significativo trasmitirles igualmente dos hechos en Winnicott: la capacidad de darle al paciente la posibilidad de descubrir la vulnerabilidad del analista y descubrir en si mismo la fortaleza de poder contemplar la suya y la del otro, sin sentirlas amenazantes. A propósito de esto, quiero referirles una anécdota que me contó una paciente de Winnicott, cuando él, luego de tres infartos reposaba en el suelo sobre la alfombra al mediodía, en el momento del inicio de su primera consulta en las tardes; como era su costumbre, dejaba la puerta abierta. La paciente entraba, lo contemplaba durmiendo y luego, al terminar su hora, se iba profundamente reconfortada. Winnicott la había acompañado por tres o cuatro horas previamente cuando, encontrándose sola en Londres, había padecido de una enfermedad seria y en ese momento solamente lo tenía a él.

El segundo hecho es lo que me dijo cuando le pregunté cuál era el factor más importante para él de la mejoría o de la curación analítica. Me respondió: la transformación de un superyo rígido, sádico, autoritario, tiránico, represivo, dictatorial en un superyo tolerante, plástico, libre, humano y comprensivo.

Como ven ustedes, la importancia que Winnicott daba al jugar, al soñar, al inconsciente y a la mutualidad era evidente, de ahí que yo conservo muy nítidamente no sólo las imágenes y presencias permanentes de mis pacientes sino también de mis supervisores. La presencia de Donald Winnicott sigue siendo una compañía muy grata e inspiradora de nuevos hallazgos y descubrimientos.

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